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Meredith Elkins, psicóloga, alerta: «A los niños les transmitimos incapacidad al evitarles la ansiedad»

Siempre nos han dicho que proteger a nuestros hijos es lo más importante. Pero, ¿y si esta obsesión por alejarlos de cualquier sufrimiento les está haciendo, en realidad, más vulnerables? Lo que ha revelado una psicóloga de renombre nos hará cuestionar todo lo que creíamos saber sobre la crianza moderna.

Imagina que la mejor intención del mundo se está convirtiendo en su peor enemigo. Y no lo decimos nosotros, lo confirma una experta que ha estudiado a fondo el tema. No es una suposición, es una realidad alarmante que afecta a miles de familias.

La psicóloga clínica infantil Meredith Elkins, autora del libro Criar sin ansiedad, nos pone frente a un espejo incómodo: nuestra cruzada por eliminar toda tristeza, miedo o frustración de la vida de nuestros hijos puede ser el gran error que les impide aprender a gestionarse. Nos transmitimos incapacidad al intentar liberarlos de la ansiedad, según su advertencia.

Según Elkins, cuando los padres se esfuerzan tanto para que sus hijos no sientan ninguna emoción desagradable —ansiedad, tristeza, frustración o vergüenza—, el mensaje oculto que les envían es devastador. Les decimos que estas emociones deben ser evitadas a toda costa y, lo que es peor, que ellos no son capaces de manejarlas por sí mismos.

Esta sobreprotección, lejos de reducir la angustia, la puede reforzar. Nos convierte en los artífices de la felicidad y el éxito, sí, pero con un coste brutal para su desarrollo emocional. El malestar infantil, dice ella, “parece una acusación contra nuestra labor como progenitores”. (Y nosotros, lo sentimos en la piel).

La presión invisible sobre los padres y su efecto devastador

Esta idea no surge de la nada. Estamos inmersos en una cultura de crianza intensiva donde la presión sobre los padres es brutal. Más de dos tercios de las madres y padres creen que criar hoy es mucho más difícil que hace veinte años (sí, nosotros también lo sentimos, es un infierno).

Se nos bombardea con la idea de que una buena educación implica protegerlos de todos los peligros posibles, internos y externos, incluso de las emociones normales. Ya no basta con mantenerlos sanos físicamente; ahora debemos asegurarnos de que vivan en una burbuja emocional de positividad.

Nos obsesionamos con proporcionarles solo experiencias positivas y compensar cualquier negativa. Nos han hecho creer que experimentar ansiedad es tóxico, que provocará estrés y heridas emocionales. ¿Y la verdad? Esto es un error garrafal con consecuencias que todos pagaremos.

El malestar infantil parece una acusación contra nuestra labor como progenitores, y esto crea una presión tremenda que genera soledad, ansiedad e inseguridad en las familias.

Esto lleva a que situaciones totalmente normales del desarrollo, como el rechazo social, ser expulsado de un equipo o los nervios antes de una presentación, se vean como completamente inaceptables. Queremos borrar cualquier sombra de su vida, y eso tiene un precio muy alto.

Por eso, muchos adultos “envían correos electrónicos a los profesores para eximir a sus hijos de una tarea difícil, mantienen un contacto permanente con sus adolescentes cuando no están juntos o caminan con pies de plomo en casa para no estresarlos”. Para muchos, saber que su hijo sufre y no hacer nada es sinónimo de ser malos padres.

El secreto oculto de la resiliencia: dejarlos caer

El verdadero peligro aquí es que, al evitarles el malestar, les estamos robando la oportunidad de aprender a enfrentarlo. Cuando los niños no tienen la oportunidad de practicar cómo lidiar con las emociones negativas, no desarrollan la tolerancia y la resiliencia que necesitarán para la vida.

La ironía, como advierte Elkins, es que, cuando te esfuerzas tanto por proteger a los hijos y minimizar su angustia, estás creando el entorno perfecto para que la ansiedad avance sin freno. Estamos alimentando al mismo monstruo que queremos aniquilar (y nuestro propio sufrimiento, ya os lo digo).

¿Y la prueba de esta teoría tan alarmante? A pesar de todos los esfuerzos de padres, educadores, médicos y responsables políticos para reducir el malestar infantil, las tasas de trastornos ansiosos en edad pediátrica no dejan de aumentar. Estamos viendo el efecto contrario al que buscamos.

Esto nos debería hacer reflexionar: si lo que hacemos es tan bueno, ¿por qué nuestros niños están peor? (Sí, nosotros también nos hacemos esta pregunta). Elkins ha visto cómo adolescentes acuden a urgencias por tendencias suicidas y autolesiones, consecuencia de intentos desesperados por luchar con emociones que les parecen totalmente incontrolables. Un secreto a voces que nos debería preocupar a todos.

La oportunidad de un cambio definitivo

Esto no es un juego, la salud mental de nuestros hijos está en juego. Es imprescindible cambiar el chip ahora mismo. La ansiedad no es un monstruo a erradicar, sino una emoción a comprender y gestionar con las estrategias adecuadas.

Pero atención, ¡no todo es malo! Elkins también nos da la solución definitiva. La clave es distinguir la ansiedad cotidiana de la clínica. Es normal e incluso beneficioso que un bebé tenga angustia de separación (a los 8 o 9 meses es indicador de un apego seguro) o que un adolescente sienta nervios por el curso escolar.

Si observas un aumento de esta emoción que se ajusta a estas líneas generales —es decir, relacionado con etapas de desarrollo, momentos del año o factores como el descanso—, es probable que sea una dificultad normal y limitada en el tiempo. «Normal no significa fácil, indoloro o no merecedor de empatía», nos recuerda la experta.

Pero si interfiere en su vida de manera desproporcionada (dejando actividades extraescolares, evitando situaciones sociales), les causa una angustia extrema que lo controla todo, y se prolonga durante varias semanas o meses, entonces estamos ante un cuadro clínico que requiere ayuda profesional.

La resistencia surge cuando aprendes que puedes luchar con el malestar. La manera más eficaz de superar un miedo consiste en enfrentarlo.

La psicóloga propone analizar nuestra propia concepción de la ansiedad e interiorizar que es normal experimentar fluctuaciones. Esto nos ayuda a no ver esta emoción como algo incontrolable. Normalizar y validar la experiencia de nuestro hijo de 10 años, por ejemplo, puede ser un primer paso poderoso.

En casos más arraigados, la experta sugiere las terapias de exposición, una práctica psicológica que anima a afrontar la angustia en lugar de evitarla. Ver a un niño que tenía miedo a dormir sin los padres ir de campamento tras una terapia gradual, o jóvenes con fobia a conducir viajar con amigos, es el mejor ejemplo del éxito de esta estrategia.

Y no olvidemos nuestro papel como modelos: los niños aprenden por imitación. Si tratas la ansiedad normal como una catástrofe, tu hijo la verá como algo sobre lo cual no tiene control. Mostrar creencias valientes y respuestas resilientes es el truco definitivo para prepararlos para la vida.

Así pues, entender esta realidad puede ser el secreto para transformar el futuro emocional de nuestros jóvenes. ¿Estamos preparados para hacer el cambio que merecen?

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