El cáncer de ovario sigue siendo uno de los grandes retos de la salud femenina y una sombra persistente en nuestro bienestar. Es uno de esos tumores silenciosos que avanzan sin que nos demos cuenta, dejando una estela de dudas y, demasiadas veces, un pronóstico desafiante. La alta mortalidad asociada a esta enfermedad nos obliga a prestar atención, a entender su funcionamiento y, sobre todo, a saber cómo actuar.
Pero, ¿por qué este cáncer se escapa tantas veces al diagnóstico precoz? La respuesta es un secreto a voces que los expertos intentan descifrar desde hace años. Un enigma que, según los datos, se traduce en una realidad alarmante y que nos pone a todas en alerta.
El ginecólogo oncológico José Luis Sánchez Iglesias, una autoridad en la materia y presidente de la Sección de Ginecología Oncológica de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, lo ha confirmado: alrededor del 80% de los cánceres de ovario se diagnostican en fases avanzadas. (Sí, nosotros también nos preguntamos cómo puede ser posible). La razón es sencilla y, a la vez, muy compleja: en sus etapas iniciales, este tumor es prácticamente asintomático.
Este silencio inicial es su gran poder. Cuando los síntomas finalmente aparecen, suelen ser tan inespecíficos que se confunden fácilmente con molestias cotidianas o menores, como digestiones pesadas, hinchazón abdominal o malestar urinario. Esto provoca un retraso crítico en el diagnóstico, que puede tener consecuencias graves para la paciente. En fases más avanzadas, ya puede aparecer ascitis —acumulación de líquido en el abdomen— o una diseminación más extensa de la enfermedad, complicando mucho el tratamiento.
Mi observación es clara: hay que prestar atención a la persistencia. Si estas molestias que parecen «normales» se repiten semana tras semana y no mejoran con los tratamientos habituales, no lo dejemos pasar.
El problema del cribado y los grupos de riesgo
A diferencia de otros tumores ginecológicos como el de mama o el de cérvix, para los cuales disponemos de programas de cribado poblacional eficaces, con el cáncer de ovario la situación es diferente. Actualmente, no existe una prueba de cribado general que haya demostrado ser eficaz para detectarlo sistemáticamente en fases iniciales y, por tanto, reducir su mortalidad en la población general. Esta es una de las grandes dificultades que hacen que su diagnóstico continúe siendo un desafío imperante.
Sin embargo, sí hay grupos de mujeres con un riesgo mucho más elevado. El caso más claro es el de las mujeres que han heredado determinadas mutaciones genéticas, las más conocidas de las cuales son las de los genes BRCA1 y BRCA2. Estas mutaciones no solo aumentan el riesgo de cáncer de mama, sino también el de ovario. En estos casos, se realiza un asesoramiento genético y un seguimiento médico mucho más estricto, que puede incluir ecografías y marcadores tumorales, e incluso cirugía preventiva para extirpar las trompas y los ovarios, dependiendo de la edad y del deseo gestacional de la mujer.
Cirugía experta y la revolución de la medicina personalizada
Cuando se diagnostica la enfermedad, el tratamiento se basa en una combinación de cirugía y quimioterapia. El objetivo principal de la cirugía es intentar eliminar toda la enfermedad visible. Esto no es una tarea sencilla, ya que el tumor puede haberse extendido más allá de los ovarios, afectando el intestino, el peritoneo u otros órganos abdominales. Por eso, el doctor Sánchez subraya un aspecto imprescindible: es fundamental que la primera cirugía sea realizada por un equipo médico especializado en ginecología oncológica.
Esta primera intervención es absolutamente crucial porque puede condicionar el pronóstico posterior de la paciente. Un equipo multidisciplinario con experiencia puede abordar la complejidad de la enfermedad y lograr la máxima reducción posible del tumor. Después de la cirugía y la quimioterapia, se utilizan tratamientos de mantenimiento con fármacos que se adaptan al perfil del tumor, como los inhibidores de PARP o los agentes antiangiogénicos, que suponen una solución avanzada.
Precisamente, la medicina personalizada ha significado un auténtico cambio de paradigma en la lucha contra el cáncer de ovario. Antes, muchas pacientes recibían tratamientos similares, pero ahora es posible estudiar las características genéticas y moleculares de cada tumor para adaptar la terapia. Esto nos permite seleccionar mejor qué pacientes se beneficiarán más de ciertos fármacos, como los inhibidores de PARP que actúan sobre los mecanismos de reparación del ADN de las células tumorales. Es un avance definitivo hacia tratamientos más precisos y eficaces.
Nuestra labor para mejorar el diagnóstico y el futuro
Si no hay cribado eficaz, ¿qué podemos hacer nosotros, como mujeres y como sociedad, para mejorar el diagnóstico? La solución clave pasa por una mayor sensibilización. Tanto los profesionales sanitarios —médicos de familia, ginecólogos de atención primaria y urgencias— como nosotras mismas debemos estar alerta. Cuando una mujer consulta repetidamente por síntomas abdominales o pélvicos persistentes e inespecíficos, debería tenerse presente la posibilidad del cáncer de ovario y no descartarla precipitadamente. No significa que cualquier molestia sea cáncer, por supuesto, pero la persistencia es una señal de alerta.
Este cáncer se asocia tradicionalmente con mujeres de 60 años o más, a menudo después de la menopausia. Pero, atención, porque cada vez vemos más mujeres jóvenes afectadas, algunas en plena edad fértil. Esto plantea otros retos más allá del tratamiento oncológico, como la preservación de la fertilidad, la sexualidad, la imagen corporal y los proyectos familiares. El impacto psicológico es inmenso. Por eso, el acompañamiento psicológico, la fisioterapia y el apoyo a la calidad de vida son ahora tan imprescindibles como la supervivencia misma. Lo que queremos es vivir más y, sobre todo, vivir mejor.
Debemos estar un paso por delante. ¿No os parece que nuestro cuerpo merece que lo escuchemos con esta atención?
