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¿Cuál es la verdadera sabiduría? Lao-Tsé, filósofo chino, lo explica: «Quien conoce a los demás es inteligente, quien se conoce a sí mismo es sabio»

En un mundo donde la velocidad lo devora todo y la información nos inunda, hay una búsqueda constante: la de la felicidad auténtica. Pero, ¿qué pasa si la fórmula que nos han vendido no solo es errónea, sino que nos aleja cada vez más de lo que realmente necesitamos? Hoy destapamos un secreto milenario que puede cambiar nuestra manera de entenderlo todo y hacernos recuperar el control de nuestra propia vida.

Hay una sabiduría oculta, casi olvidada, que tiene el poder de deshacer este nudo. Una verdad que, una vez revelada, cambia por completo la perspectiva sobre el bienestar personal y el camino hacia una existencia plena. ¿Te atreves a descubrirla?

La clave la dejó escrita hace más de 2,500 años un filósofo chino llamado Lao-Tsé. En el capítulo 33 de su Tao Te Ching, encontramos una frase tan simple como revolucionaria: «Quien conoce a los demás es inteligente, quien se conoce a sí mismo es sabio». Esta afirmación, que parece una obviedad, esconde uno de los pilares fundamentales para construir una vida libre, auténtica y coherente.

Para la palabra ‘sabio’, Lao-Tsé utilizó un concepto profundo: «míng». Esta palabra significa claridad, lucidez, iluminación. Conocerse a uno mismo es, en esencia, ser capaz de mirar el mundo con una claridad sin precedentes, sin las dudas y las sombras que nos hacen tropezar. Es el camino hacia una visión nítida, la única que te permitirá elegir con acierto.

Pero, ¿por qué este sabio maestro contrapone el conocimiento de los demás con el autoconocimiento? Fijémonos un momento en nuestra sociedad, y la respuesta se hará evidente. Constantemente nos dicen qué debemos querer, cómo debemos actuar. Cuando sabemos lo que los demás esperan de nosotros, nuestra vida se convierte en un desfile de máscaras. Cambiamos todo lo que somos para encajar, para ser aceptados. (Y esto, debemos reconocerlo, es agotador y peligroso para nuestra salud mental).

El dilema del deseo mimético: nuestra gran trampa

No debemos subestimar el valor de conocer a los demás. De hecho, el mismo Lao-Tsé le concede la categoría de inteligencia. Conocer a los demás significa poder anticipar comportamientos, reconocer expectativas y comprender las normas del entorno. Esto es lo que nos permite generar estrategias, formar parte del grupo, y el ser humano, por definición, necesita sentirse parte de una tribu. Sin ella, la supervivencia sería imposible.

Pero ¿qué pasa con esta obsesión por mirar siempre hacia afuera? El problema de centrarnos demasiado en lo que los demás tienen o desean es que aprendemos a querer basándonos en ellos. Antes de saber qué queremos de verdad en la vida, echamos un vistazo a las redes sociales y nos preguntamos: «¿Qué debería desear?». Este fenómeno, peligroso y engañoso, lo estudió el historiador René Girard, quien lo llamó «deseo mimético».

La mayoría de las veces damos valor a las cosas porque otra persona las desea, las posee o recibe reconocimiento por haberlas conseguido. Es una trampa que nos hace vivir vidas que no nos corresponden en realidad.

Según Girard, a menudo no elegimos un objeto por su valor intrínseco. Más veces de lo que imaginamos, le otorgamos valor porque alguien más lo desea o lo tiene. El deseo, por tanto, adopta una estructura triangular: hay alguien que desea un objeto, y un «modelo» que señala que este objeto merece ser deseado. (Sí, nosotros también alucinamos con la sencillez y la verdad de esta teoría).

La solución: el modelo de autocongruencia y el «ziran»

Sin darnos cuenta, la vida puede convertirse en una carrera incesante por conseguir aquello que, en el fondo, no deseamos de verdad. Nos han dicho qué debemos querer: la casa grande, la familia perfecta, el coche caro, el trabajo de ensueño… Pero, ¿es realmente eso lo que nos hace felices?

Kennon Sheldon y Andrew Elliot, psicólogos especializados en motivación, formularon el «modelo de autocongruencia». Su teoría es clara y definitiva: no basta con decir que algo es nuestro objetivo. Solo cuando nuestros valores, intereses y necesidades profundas coinciden con un deseo, nos sentimos realmente motivados. Y lo más importante: solo los objetivos autoconcordantes son los que nos proporcionan un bienestar emocional duradero.

Así, todos aquellos objetivos «heredados» o impuestos socialmente no nos motivan de verdad. Esto hace que conseguirlos sea mucho más complicado y, lo que es peor, cuando los alcanzamos, no nos hacen felices. El drama está servido para la mayoría de nosotros, que vivimos en una sociedad que nos empuja a perseguir sombras. La solución, pues, es radical: aceptar lo que somos nos ayuda a descubrir qué queremos realmente y a vivir con una naturalidad sorprendente.

El camino hacia tu felicidad propia, sin excusas

Conocerse a uno mismo también implica aceptar partes de nosotros que quizás no nos gustan mucho. Gran parte de nuestro rechazo se dirige hacia nuestros deseos auténticos. Quizás la sociedad te ha convencido de que deberías querer ser padre o madre, pero la realidad es que la maternidad o paternidad no te interesa. O quizás te has autoconvencido de que necesitas un trabajo tradicional y seguro, cuando tu verdadero deseo es la aventura o la creatividad. (Este es el gran error que debemos deshacer).

Aquí es donde entra el concepto taoísta del ziran. Lao-Tsé nos explica que el ziran es la naturalidad o la espontaneidad. Es la forma en que las cosas son por sí mismas, lo que es en realidad, lo queramos o no. Los seres humanos, por más que nos convenzamos de que podemos ser lo que queramos, también obedecemos al ziran. Podemos ser aquello que somos, y eso debería ser suficiente. El problema es que es más fácil saber qué quieren los demás que seamos que saber lo que somos en realidad.

Pero solo cuando descubrimos qué queremos de manera natural, sin artificios ni imposturas, podemos comenzar a vivir con coherencia. Una felicidad propia comienza cuando dejamos de perseguir vidas ajenas y elegimos nuestro propio camino, sin miedo a lo que dirán o a lo que no sea «normal». Este es tu momento, tu oportunidad imprescindible para hacer el clic.

Las palabras de Lao-Tsé nos invitan a descubrir una forma propia de ser felices. Una en la cual, quizás, nos tocará aceptar que no deseamos lo mismo que la mayoría. Y aunque dé miedo, eso está bien. Hacernos la pregunta «¿Qué quiero en realidad?» es quizás el salto de fe más grande que tendremos que dar en la vida. Pero solo haciéndolo podremos deshacernos de deseos que no son nuestros. Y una vez descartado todo aquello que es de otros, podremos usar nuestra energía para convertirnos en quienes somos, y no en quienes creemos que deberíamos ser. El camino quizás será duro en ocasiones, pero será el nuestro. Y simplemente por eso, será el mejor sendero posible.

¿Te has detenido alguna vez a preguntarte qué quieres de verdad, más allá de lo que el mundo te dice que desees?

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