Imaginen la situación en el aeropuerto de París en 1976. Una alfombra roja desplegada en la pista, la guardia republicana francesa en posición de presenten armas y el ministro de tecnología esperando a pie de pista. Hasta aquí, todo normal para una visita de Estado. Pero el pasajero de honor que estaba a punto de descender del avión no era ningún presidente en activo, sino una momia de hace tres mil años.
Parece el argumento de una comedia surrealista o de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto, pero ocurrió de verdad. El gran Ramsés II, el faraón más poderoso de la dinastía XIX del antiguo Egipto, tuvo que viajar en avión. Y no lo hizo como equipaje de carga, sino como un auténtico dignatario internacional. Con su propio pasaporte oficial en la mano (o, mejor dicho, en la caja).
La historia que se esconde detrás de este viaje es una mezcla fascinante de burocracia moderna, desesperación científica y un respeto casi sagrado por la historia. Uno de esos episodios reales que superan cualquier ficción que podamos inventar. (Sí, nosotros también tuvimos que frotarnos los ojos al leer los detalles de este protocolo).
La terrible amenaza que devoraba al faraón
Para entender cómo terminó un rey muerto hace milenios volando hacia Europa, debemos viajar a los años setenta. Los conservadores del Museo de El Cairo comenzaron a notar un alarmante deterioro en la momia de Ramsés II. El gran conquistador, que había sobrevivido al paso del tiempo durante treinta siglos, estaba perdiendo la batalla contra un enemigo invisible y silencioso.
El aire húmedo y la falta de controles ambientales adecuados en las salas del museo habían creado el caldo de cultivo perfecto para una invasión de hongos y bacterias. La momia se estaba pudriendo literalmente desde el interior. Los expertos egipcios se dieron cuenta rápidamente de que no tenían la tecnología necesaria para detener aquella catástrofe arqueológica.
Francia ofreció su ayuda científica. Los laboratorios de París disponían de las técnicas de desinfección por radiación más avanzadas de la época. Pero había un obstáculo monumental que nadie había previsto: las leyes de transporte internacional eran implacables y no entendían de leyendas históricas.
Un pasaporte para un hombre muerto hace 3.000 años
Aquí es donde la historia se vuelve absolutamente delirante. Para poder sacar la momia de Egipto e introducirla legalmente en territorio francés, las autoridades de ambos países se encontraron con un muro burocrático. La ley francesa estipulaba que cualquier persona que entrara en el país, viva o muerta, necesitaba un documento de identidad vigente para evitar el tráfico ilegal de restos humanos.
La solución del gobierno egipcio fue tan práctica como insólita. Emitieron un pasaporte oficial de la República Árabe de Egipto a nombre de Ramsés II. En el documento, en el apartado de profesión, escribieron textualmente: «Rey (muerto)». La foto de perfil, como pueden imaginar, era un primer plano de la cara momificada del faraón.
Este papel no era solo una excentricidad burocrática para saltarse las aduanas. También garantizaba algo fundamental para el orgullo nacional egipcio: que el faraón recibiría el trato digno de un jefe de Estado durante su traslado. Egipto temía que, sin este estatus, la momia fuera tratada como una simple mercancía arqueológica o, peor aún, que pudiera ser retenida por reclamaciones legales en el extranjero.
La llegada triunfal a París y el secreto de la radiación
El 26 de septiembre de 1976, un avión militar francés aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget con el pasajero más antiguo de la historia de la aviación. El gobierno francés cumplió su palabra hasta las últimas consecuencias. Ramsés II fue recibido con todos los honores militares y protocolos diplomáticos reservados a los presidentes y monarcas en activo.
Después de las ceremonias oficiales en la pista, la momia fue trasladada bajo una vigilancia extrema al Museo del Hombre de París. Allí, un equipo multidisciplinario de cincuenta científicos franceses y egipcios lo sometió a un examen médico exhaustivo que haría envidia a cualquier hospital moderno.
Los investigadores descubrieron que la momia estaba infectada por ochenta tipos diferentes de hongos. Para solucionarlo sin dañar los tejidos milenarios, aplicaron un tratamiento revolucionario de irradiación con rayos gamma de cobalto-60. Fue una operación de precisión quirúrgica que eliminó los microorganismos sin alterar ni un solo milímetro de la piel del faraón.
La sorprendente autopsia de un mito
El viaje a París no solo salvó la momia, sino que permitió conocer detalles íntimos de la vida de Ramsés II que habían estado ocultos durante siglos. Los rayos X y los análisis químicos revelaron que el faraón era un hombre de unos 1,70 metros de altura, una estatura considerable para la época, y que tenía el cabello pelirrojo natural, un rasgo muy poco común entre los antiguos egipcios.
Los exámenes médicos también mostraron que el rey sufrió de una artritis severa en la espalda que lo hacía caminar encorvado en sus últimos años de vida, y que tenía una infección dental terrible que debía causarle un dolor constante. Ramsés II murió cerca de los noventa años, una edad increíblemente avanzada para su tiempo, después de gobernar durante más de seis décadas.
Una vez curado y libre de hongos, el faraón regresó a El Cairo en el año 1977. Desde entonces, descansa en una vitrina especial con atmósfera controlada de nitrógeno para evitar que las bacterias vuelvan a atacar su cuerpo. Ramsés II ya no necesitará volver a viajar, pero su pasaporte de «rey muerto» quedará para siempre como una de las anécdotas más brillantes de la historia de la arqueología.
¿Qué creen que habría pensado el gran faraón si le hubieran dicho que acabaría volando por encima de las nubes para salvar su inmortalidad?
