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Byung-Chul Han, filósofo, sobre la siesta: «No es pereza, sino afirmación soberana del cuerpo contra su explotación»

¿Sientes el cansancio acumulado sobre los hombros? El ritmo frenético de la vida moderna nos empuja a no detenernos nunca, a ser siempre productivos. Pero tu cuerpo, ese gran sabio, tiene una opinión muy diferente sobre todo esto.

¿Y si aquello que muchos ven como un signo de pereza o una pérdida de tiempo fuera, en realidad, un acto de rebelión vital? Un gesto de poder que estamos a punto de perder. Una voz eminente, desde la filosofía, nos invita a repensarlo todo. No es solo una cuestión de descanso, sino de supervivencia contra la explotación.

El filósofo oriental Byung-Chul Han lanza una verdad incómoda, potente. La siesta, según su pensamiento, es mucho más que una simple cabezada a medio día. Es una afirmación soberana del cuerpo contra su explotación. Una frase que sacude los cimientos de nuestra autoexigencia. (Nosotros ya hemos tomado nota).

El poder olvidado de la siesta

Esta práctica, tan arraigada en nuestra cultura, es casi una rareza incomprensible para otros países. «Siesta», de hecho, no tiene una traducción directa a muchos idiomas; es una palabra nuestra, que conecta con nuestro carácter. Siempre hemos disfrutado de estas pausas, de esos momentos sagrados de desconexión justo después de comer. Eran horas donde el comercio bajaba la persiana y la vida tomaba un ritmo diferente. Estos instantes no eran un capricho, sino una manera de recuperar el cuerpo y la mente. Nos permitían recargar energías y afrontar el resto de la jornada con una claridad renovada. Esta costumbre milenaria era nuestra respuesta a un ritmo de vida que sabía escuchar el cuerpo. El problema es que, con el paso de los años, nos hemos olvidado de un fin esencial: el descanso.

Vivimos en la que Byung-Chul Han llama sin rodeos la «sociedad de logros». (Sí, nosotros también sentimos cada día esa presión constante por ser más y mejor). Sus habitantes, dice, ya no son sujetos de obediencia, sino «empresarios de sí mismos». Nos hemos convertido en nuestros propios explotadores, imaginando que nos estamos realizando plenamente mientras nos consumimos por dentro. Esta es la lógica perversa del neoliberalismo que, demasiado a menudo, culmina en el temido síndrome del trabajador quemado. La presión no solo es externa; el imperativo de pertenecer y producir, de estar siempre conectado y disponible, es constante y autoimpuesto. Han es claro: «Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando».

La sociedad de la transparencia, donde todo debe verse y ser visible, donde cada sujeto es su propio objeto de publicidad, elimina los rituales y la calma. Los rituales y las pausas, como la siesta, se ven como un obstáculo para la aceleración incesante de los ciclos de información y producción. Hemos perdido muchos sentidos en la comunicación digital, que es solo «vista». Las relaciones se reemplazan por conexiones, y así solo se enlaza con lo igual, con «likes» que no duelen, pero que tampoco nos hacen crecer. Esta aceleración imparable nos lleva a un «desierto» existencial, reemplazada por una simple lucha por la supervivencia.

El secreto para vencer la fatiga

La depresión, según el filósofo, es la enfermedad de una sociedad que sufre de excesiva positividad. Refleja una humanidad librando una guerra contra sí misma. El depresivo, en esta visión, ha sido herido por esta guerra interiorizada, por la imposible exigencia de estar siempre al máximo. Dedicarse tiempo para no hacer nada, cerrar los ojos unos minutos en medio del día, era una parte inherente de nuestra identidad, una tradición casi ancestral española que se está perdiendo a marchas forzadas. Pero hoy, nos hemos olvidado de un fin esencial: descansar. Queremos ocupar cada minuto del día, buscar actividades constantes, ir al gimnasio, tener lista cualquier tarea pendiente. Todo menos darnos la pausa que el cuerpo, con una sabiduría inmensa, nos reclama. Esta pérdida no es una simple anécdota; es un error crítico con consecuencias profundas para nuestra salud física y mental. Estamos intercambiando bienestar por una ilusión de productividad.

Estamos dejando que una tradición ancestral, un verdadero escudo protector contra las enfermedades de la modernidad, se pierda para siempre en el olvido. Cada minuto sin escuchar la necesidad de tu cuerpo es un paso más hacia el agotamiento físico y mental. El costo de ignorar este aviso es altísimo, mucho más de lo que pensamos: afecta nuestra concentración, nuestro humor, nuestra salud a largo plazo. Tu salud mental y física está en juego ahora mismo. No dejes que la cultura de la productividad insana te robe un derecho fundamental, casi primario, que tu cuerpo siempre ha tenido. El momento es ahora para recuperarlo, antes de que esta sabiduría se convierta solo en un recuerdo.

Ahora sabes que esos minutos de pausa, esa siesta que quizás sentías como una «pereza» o un signo de debilidad, no son ningún lujo. Son una necesidad vital, una afirmación soberana de tu existencia contra un sistema que nos quiere exprimir hasta la última gota. Tu cuerpo, tu mente y, sí, también tu rendimiento futuro, tu creatividad, te lo agradecerán infinitamente. ¿Qué harás con esta verdad incómoda que Byung-Chul Han ha puesto sobre la mesa?

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