Hay verdades que duelen, especialmente cuando se escriben hace más de dos mil años y todavía continúan completamente vigentes. La historia nos define, nos persigue y, de vez en cuando, nos pone un espejo incómodo frente a la cara para recordarnos quiénes somos realmente.
Si alguna vez te has preguntado por qué cuesta tanto ponerse de acuerdo en este rincón de la Península Ibérica, la respuesta no es un invento de la política moderna. Uno de los cronistas más lúcidos y olvidados de la antigua Roma ya describió nuestro carácter con una precisión casi quirúrgica que hoy nos hace abrir los ojos de par en par.
Se llamaba Pompeyo Trogo. Quizás su nombre no te suene tanto como el de Julio César o Cicerón, pero sus palabras deberían resonar en las aulas de historia de todo el país para entender nuestro presente.
El origen de un diagnóstico histórico demoledor
Para entender la magnitud de la sentencia, debemos viajar en el tiempo hasta la época de esplendor del Imperio Romano, concretamente al siglo I a.C. En pleno proceso de expansión, los romanos se encontraron con un auténtico hueso duro de roer: los habitantes de Hispania.
La conquista romana de la península no fue un camino de rosas, sino una guerra de desgaste que duró casi dos siglos. Los legionarios romanos, acostumbrados a someter reinos enteros en cuestión de meses, chocaban una y otra vez con la feroz resistencia de unos pueblos ibéricos que preferían morir antes que ceder su libertad.
Fue en este contexto de frustración y admiración donde Pompeyo Trogo, un historiador de origen galo pero plenamente integrado en la élite intelectual romana, decidió analizar qué demonios pasaba con aquellos guerreros indomables. El resultado de su análisis quedó plasmado en su gran obra, las Historias Filípicas, y el retrato que hace es absolutamente sobrecogedor por su vigencia actual.
Léelo otra vez con calma. (Sí, nosotros también nos quedamos helados al procesar la frase). No es una simple descripción militar, es una auténtica radiografía psicológica de un pueblo que parece condenado a buscar el conflicto interno como método de supervivencia o de entretenimiento.
La paradoja del valor extremo y la autodestrucción
El texto de Trogo no oculta una profunda admiración por las capacidades físicas y mentales de los antiguos hispanos. Los describe como hombres de una resistencia sobrehumana, capaces de soportar las peores condiciones climáticas y de luchar hasta el último aliento sin inmutarse.
Su fortaleza no se limitaba al campo de batalla. El historiador romano destaca que preferían la muerte antes que la servidumbre, una característica que se hizo evidente en episodios legendarios como el asedio de Numancia. El problema, según el cronista, no era la falta de valor, sino la incapacidad crónica de canalizarlo de manera constructiva cuando no había una amenaza externa que los obligara a unir fuerzas.
Esta debilidad estructural fue, precisamente, la mejor arma de Roma. Los generales romanos pronto se dieron cuenta de que la manera más rápida de dominar Hispania no era mediante la fuerza bruta, sino utilizando la división interna de sus habitantes.
Solo era necesario ofrecer pactos tácitamente ventajosos a una tribu para que esta se aliara con Roma para aniquilar a la tribu vecina. El clásico divide y vencerás encontró en nuestra península su laboratorio perfecto, demostrando que el peor enemigo de un hispano siempre ha sido, y quizás siempre será, otro hispano.
Una herencia que se niega a desaparecer
Si miramos a nuestro alrededor, cuesta no ver el reflejo de las palabras de Pompeyo Trogo en la sociedad actual. La tendencia a la polarización, la dificultad para encontrar consensos básicos y la facilidad con la que nos dividimos en bandos irreconciliables parecen formar parte de un código genético cultural que se resiste a cambiar.
Parece que necesitamos constantemente la figura de un «otro» para definir nuestra propia identidad. Cuando hay una crisis global, una amenaza exterior o una tragedia colectiva, somos capaces de mostrar una solidaridad ejemplar y una unión que sorprende al mundo entero. Pero tan pronto como el peligro se desvanece, volvemos inmediatamente a las trincheras cotidianas.
La lección del historiador romano no es solo una curiosidad arqueológica para compartir en las redes sociales. Es una advertencia histórica sobre el peligro de la autodestrucción interna. Nos recuerda que nuestra mayor fortaleza, que es la pasión y la determinación, se convierte fácilmente en nuestra mayor debilidad si no somos capaces de encontrar un propósito común más allá de la confrontación.
Al fin y al cabo, la historia no se repite, pero a menudo rima. Quizás va siendo hora de demostrar a Pompeyo Trogo, con veintiún siglos de retraso, que somos capaces de romper su maldición y encontrar la paz sin necesidad de tener un enemigo común a quien combatir. O quizás es que, simplemente, nos gusta demasiado llevar la contraria, incluso a la razón.
