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Gabriel García de Oro, filósofo: «El bienestar es una pirámide: su base es el cuerpo, no la mente»

Nos sentimos agotados, con la sensación de que la vida va demasiado rápido. Buscamos el bienestar, la fórmula secreta para encontrar un equilibrio, pero a menudo chocamos con un muro invisible.

La búsqueda constante de herramientas mentales y estrategias para gestionar el estrés nos lleva a una pregunta clave. (Sí, nosotros también hemos caído). ¿Y si lo que nos han contado sobre dónde empezar a construir nuestra paz fuera totalmente erróneo?

El secreto del bienestar escondido en la base

Un filósofo tan lúcido como Gabriel García de Oro nos abre los ojos a una idea que cambia todo el paradigma. Habla de una verdad que hemos ignorado durante siglos, una verdad que podría ser la solución definitiva a nuestros problemas más profundos.

Esta idea no es nueva, pero se nos ha escapado de las manos. Se trata de la pirámide del bienestar propuesta por un psiquiatra que ha revolucionado la terapia incluso entre las estrellas de Hollywood: Phil Stutz.

Su método, que incluso tiene un documental propio, desmonta la creencia popular. Stutz nos dice que el bienestar se construye como una pirámide, sí, pero su base no es lo que piensas. (Nosotros también alucinamos). No, el punto de partida no es la mente. Es nuestro cuerpo.

¿Mi alerta? Hemos estado mirando hacia otro lado mientras el secreto del bienestar, el verdadero tesoro, estaba justo delante de nosotros, en lo más básico.

La arquitectura de esta pirámide es sorprendentemente sencilla y, precisamente por eso, increíblemente poderosa. En la base, lo que sostiene todo el edificio, encontramos nuestro cuerpo: el movimiento, la energía, el sueño reparador, la respiración consciente y toda la activación física.

En el segundo escalón, están nuestras relaciones. Hablamos de conversaciones reales, de vínculos auténticos y de un sentimiento genuino de pertenencia. Esto es lo que nos conecta con los demás, un pilar fundamental que muchas veces damos por hecho.

Y en la cúspide, el punto más alto de la pirámide, está nuestro yo. Aquí se define nuestra identidad, nuestro propósito vital y la manera en que nos entendemos a nosotros mismos en el mundo. Pero sin una base sólida, todo esto es una quimera.

El cuerpo: nuestro motor olvidado

Lo que más nos impacta de esta perspectiva es el giro radical que propone. Desde que Descartes pronunció su famoso «pienso, luego existo», nuestra cultura ha puesto la mente en el centro de todo. Hemos vivido creyendo que somos, antes que nada, pensamiento. Como si nuestro cuerpo fuera un mero vehículo, una carcasa secundaria para lo realmente importante: la conciencia. (Un error monumental).

Pero la realidad es terca. Solo hace falta una noche sin dormir bien, una semana sedentaria o una respiración constantemente acelerada para darnos cuenta de la ilusión. La separación entre mente y cuerpo es irreal. El cuerpo no es un accesorio, es el sistema operativo completo que lo hace todo posible.

Stutz insiste en un truco imprescindible: el primer paso para cambiar no es analizarlo todo hasta el agotamiento. No es buscar la respuesta en un laberinto mental. El primer paso es activar lo más básico. Es moverse.

Recuperar esa energía vital. Generar un impulso físico que nos ponga en marcha. A veces, la recomendación más poderosa es tan simple como empezar a entrenar. Pero no para lucirse. No para encajar en ningún ideal estético impuesto. Sino para encender nuestro propio sistema interno.

La pequeña victoria que lo cambia todo

Cuando alguien se propone ir al gimnasio tres días a la semana, salir a correr o practicar la disciplina física que más le encaje, sucede algo extraordinario. Aparece una pequeña victoria. Una sensación de coherencia y de capacidad que nos impulsa.

Nuestro cuerpo comienza a sentirse más firme, la energía se transforma y, casi sin darnos cuenta, nuestra postura cambia. Y esto, amigos, es viral. Es la mejor inversión que podemos hacer por nuestro bienestar. (Nuestro cuerpo nos lo agradecerá).

Lo maravilloso es que esta transformación física nunca se queda solo en el ámbito físico. Comienza a impactar directamente en la manera en que miramos a los demás. En cómo nos adentramos en una conversación. En la seguridad con la que nos expresamos en el mundo.

La autoestima no siempre se construye pensando mejor sobre uno mismo. A veces, se construye haciendo. Demostrándonos a nosotros mismos que, efectivamente, podemos. Somos capaces. Y, por supuesto, un cuerpo más activado genera más presencia. Más paciencia. Más regulación emocional.

Y aquí viene lo mejor: todo esto repercute directamente en el segundo escalón de la pirámide: las relaciones. Alguien que duerme mejor, que respira más profundo y que siente su energía disponible, se relaciona de otra manera. Con menos irritabilidad. Con menos urgencia. Con más disponibilidad real.

Es casi mágico. Cuando la base es sólida, la cima de la pirámide se sostiene con menos esfuerzo. Todo mejora. La vida fluye de forma diferente. A veces, el cambio no comienza entendiendo más. Comienza moviéndonos mejor. Durmiendo mejor. Respirando mejor. Es un secreto oculto a plena vista.

Un giro definitivo a nuestro enfoque

Volver al cuerpo. Cuidarlo con atención. Escuchar sus señales. Quizás aquí reside el verdadero tesoro, la solución que hemos estado buscando. Una pirámide que comienza donde menos esperábamos.

El tiempo se agota para reaccionar. Cada día que ignoramos esta verdad, nuestro bienestar se resiente. (Y nuestro cuerpo nos envía señales de alerta constantes). Es hora de repensarlo todo antes de que sea demasiado tarde.

Debes decidir ahora si quieres ser parte de la solución o continuar en el mismo ciclo. ¿Qué pirámide construirás a partir de hoy?

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