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La ciencia analiza «La Odisea de Nolan»: ¿qué es real y qué es ficción al volver a casa después de destruir el mundo?

Antes de que Ulises haya regresado a Ítaca, un bardo sube a una mesa de madera para cantar la caída de Troya. No es Homero, aunque por unos instantes se convierte en su heredero, como lo hicieron generaciones de aedos antes que él. Christopher Nolan decide abrir así su Odisea: recordándonos que, antes de convertirse en el texto fundacional de nuestra literatura, aquella historia fue una voz que se alzaba entre quienes se reunían para escucharla.

Pero existe algo deliberadamente circular en esta imagen. Más de dos mil setecientos años después, la narración vuelve a encontrarse con su origen oral en una de las producciones cinematográficas más grandes de nuestro tiempo. Sí, nosotros también alucinamos con la escala del proyecto. Nolan elige al rapero Travis Scott para encarnar a Demódoco, el cantor ciego que evoca diversos episodios de la guerra de Troya que La Ilíada no explica. El director comprendió que el ritmo, la repetición y la poesía oral conectaban directamente con el rap contemporáneo.

La obra homérica no nació de manera aislada en el Egeo. Mucho antes, las culturas sumeria, acadia, babilónica y ugarítica habían desarrollado epopeyas similares que circularon durante siglos. La Epopeya de Gilgamesh ya había narrado la pérdida del compañero, el viaje hacia los límites del mundo y la búsqueda de una nueva vida imposible. Grecia no copió aquel legado milenario, sino que lo transformó hasta otorgarle una voz totalmente nueva y letal para nuestro bolsillo cultural.

El tiempo roto de un viaje sin retorno

La fidelidad de Nolan hacia el poema no consiste en reproducir cada canto de memoria, sino en comprender la arquitectura del mismo texto clásico. La trama no comienza con la salida de Troya ni sigue el viaje cronológicamente. Cuando el relato se inicia, Ulises lleva años desaparecido y Telémaco busca noticias de un padre a quien apenas recuerda. El protagonista no aparece hasta el canto quinto, retenido por Calipso, mientras las sirenas y el Hades surgen después en una extensa analepsis narrada por el mismo héroe.

Nolan, cuya filmografía ha convertido el tiempo en una materia capaz de plegarse o invertirse, no ha necesitado forzar el poema para acomodarlo a su estilo. Al contrario, esta afinidad responde a una genealogía inversa. No es La Odisea la que anticipa el cine del director de Oppenheimer, sino Nolan quien bebe de una tradición donde el comienzo in medias res y los relatos contenidos dentro de otros relatos ya marcaban las reglas del juego.

El eje central de este monumental regreso es el nóstos, el regreso a casa de un Ulises que intenta recuperar su nombre y su lugar en el mundo. No obstante, ningún regreso puede devolverlo al punto de partida original. Telémaco ya es un hombre hecho y derecho, Penélope ha aprendido a gobernar con mano de hierro y el guerrero que salió de Ítaca veinte años atrás simplemente ya no existe en la realidad.

La revelación definitiva: Nosotros somos los Pueblos del Mar

La mayor licencia historiográfica de Nolan —y también su hallazgo narrativo más rotundo— consiste en introducir a los Pueblos del Mar como una amenaza difusa que se abate sobre los personajes del Egeo. Circulan noticias constantes de ciudades arrasadas y flotas sin patria que aparecen en las costas, sembrando el terror entre unos griegos micénicos incapaces de reconocer en aquellas destrucciones el reflejo exacto de lo que ellos mismos hicieron en Troya.

Hasta que la Penélope interpretada en esta versión comprende lo evidente y aterrador: ellos mismos son los Pueblos del Mar. La Odisea jamás mencionó este término, creado por la historiografía moderna a partir de fuentes del antiguo imperio egipcio. Nolan sitúa el regreso de Ulises en el horizonte histórico del colapso ocurrido alrededor del 1200 a.C., cuando el sistema palacial micénico se hundió por completo.

La exactitud historiográfica resulta secundaria para la gran metáfora de la película: los que acabaron destruyendo aquel mundo antiguo no fueron básicos llegados de fuera, sino los mismos héroes helénicos cegados por su propia ambición militar.

Aquí radica la distancia más fértil entre el mito original y la superproducción actual. La ética heroica del poema clásico no juzga la guerra desde el horror, sino que Nolan la contempla directamente desde nuestra conciencia contemporánea sobre las víctimas inocentes. Su Ulises no solo vaga por los mares porque los dioses obstaculizan su ruta, sino que parece expiar durante diez largos años el infierno que contribuyó a desencadenar sobre tierras ajenas.

Los que inician un conflicto internacional siempre imaginan que podrán contener la violencia y restaurar el orden establecido después de la victoria definitiva. La historia demuestra lo contrario: Agamenón conquista Troya pero no sobrevive al regreso, y Ulises vence aunque tarde una década entera en pisar su hogar. Los dioses pueden levantar tormentas feroces en alta mar, pero son los hombres quienes realmente incendian las ciudades hasta los cimientos.

La responsabilidad humana comienza justo donde termina la cómoda excusa del destino. Y esta es la razón principal por la cual La Odisea sigue siendo nuestra historia más imperdible, obligándonos a mirar de frente si aún queda un hogar al que regresar después de destruirlo todo.

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