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Isop, el filósofo griego, sobre la nobleza del espíritu: «La gratitud es señal de las almas más nobles»

¿Qué pasaría si te dijéramos que tu búsqueda constante de más, de mejor, te está robando la felicidad? Vivimos en una sociedad donde la acumulación es nuestro motor diario. Sentimos una presión constante por tener más, por ser más, por experimentar más.

Esta sed insaciable, que nos persigue día y noche, nos ha convertido en esclavos. Nos promete la plenitud, pero a menudo nos deja un vacío enorme. Pero, ¿existe un antídoto definitivo? ¿Una solución que la humanidad conoce desde hace milenios, pero que hemos olvidado?

El secreto de un alma noble

Hay un maestro que vivió hace siglos y su sabiduría resuena hoy con una fuerza viral. Una filosofía que puede transformar tu día a día. El gran filósofo griego Isop, el fabulista inigualable, lo dejó bien claro.

Su frase es un truco imprescindible para vivir con abundancia real: «La gratitud convierte lo que tenemos en suficiente. Es la señal de las almas más nobles». Así de contundente. Así de sencillo. (Sí, nosotros también nos preguntamos por qué no lo aplicamos más).

Isop, conocido por sus fábulas con animales como protagonistas, como La cigarra y la hormiga o La tortuga y la liebre, tenía un don especial. Aportaba valores universales. Su filosofía, explicada de manera sencilla, es un verdadero tesoro incalculable para el espíritu.

Nos recordaba que la gratitud es un don que revierte en quien la practica. No es solo dar las gracias; es abrir la puerta a una abundancia inesperada. Un ahorro emocional que no tiene precio.

La paradoja de la abundancia vacía

El filósofo Epicuro ya nos advertía: cuando nos obsesionamos con acumular cosas, logros o amigos, nos convertimos en esclavos del tener. Nos acaba teniendo a nosotros, en vez de nosotros tenerlo.

Esta obsesión acumulativa sin límites nos hace perder el gusto por lo que ya tenemos. Ya sea material o intangible, como el amor o la salud. La gratitud es la mejor defensa contra esta trampa oculta del consumismo.

Puedes ser millonario, tener todo tipo de lujos a tu alcance, y aun así, vivir en la escasez. Sentir una carencia permanente. Lo vemos cada día: hay personas sencillas que comparten con gran generosidad lo poco que tienen. Son un ejemplo de nobleza.

En cambio, hay quien siempre quiere más, incluso teniendo de sobra. Esto lo lleva a la mezquindad, a no querer compartir. Cree que pierde si da. Fíjate en los niños que reciben demasiados regalos por Navidad. Tantas cosas bajo el árbol que se detienen, no saben con qué jugar. El exceso, paradójicamente, puede crear una sensación de vacío.

En un país africano, un niño recibe solo una pelota de fútbol y la agradece y la disfruta como si fuera un auténtico tesoro. El filósofo Schopenhauer lo señalaba: «más allá de la satisfacción de algunas necesidades reales, la posesión de riquezas altera nuestra felicidad». Y Rafael Narbona, un colaborador habitual, insiste: no es el dinero lo que da la felicidad, sino los afectos. Cuanto más agradecemos y damos, más recibimos. Es un ciclo virtuoso.

Vaciarnos para llenarnos de nuevo

El vacío existencial puede estar lleno de cosas materiales. De una actividad frenética que crea una insatisfacción permanente. Cuando tenemos demasiado, se desdibuja el norte de lo auténtico. Lo que llena sin empalagar, como un simple vaso de agua cuando tienes la garganta seca.

Agradecer nos hace sentir llenos y abundantes. Solo por el hecho de hacerlo. Aunque tengamos lo justo para vivir, o incluso menos de lo que necesitamos. Hemos visto personas que viven de la manera más humilde, sin prácticamente recursos, y agradecen cada grano de arroz que les sirve de alimento. Es un milagro diario.

En cambio, hay quien no valora ni disfruta las montañas de oro que almacena en su banco. Agradecer nos ayuda a vaciarnos. A dejar espacio para lo nuevo. Para aquello que de verdad importa. (Un truco que nuestra mente ignora con demasiada frecuencia).

El valor de lo sencillo

Una de las mejores maneras de apreciar lo que la vida nos ofrece es estar presente en el momento. Incluso en su versión más sencilla. Contemplar una puesta de sol, disfrutar de nuestro plato favorito o de una conversación con un buen amigo. Segundo a segundo.

Es así como apreciamos cada respiración. El estar vivos y sanos. Aquel plan de ir al cine a ver una película cuyo estreno esperábamos desde hace semanas. La ambición no solo rompe el saco, sino también la paz interior. Nos empuja al abismo de la continua búsqueda afuera.

Llenar y llenar nuestra mochila. Llega un momento en que no queda espacio para nada. Y llega el colapso en forma de ansiedad, estrés o depresión. Acumulamos sensaciones, objetos o experiencias del exterior, que no nos llenan por dentro. El antídoto para que esto no ocurra es dar las gracias por todo.

Cuando agradecemos, valoramos. Puede ser a través de un simple brindis por la vida antes de comer. O al abrir los ojos por la mañana. Porque el cuerpo nos responde y tenemos un día más por delante. Recordar que la vida es un regalo. Que no siempre nos habitará. El filósofo Gregorio Luri insiste: puede llegar la enfermedad o la muerte. Esto nos mueve a dar gracias pase lo que pase. Esta es la clave oculta.

La perfección de lo que sucede

A menudo olvidamos que todo lo que nos pasa es perfecto. Porque sirve para aprender, crecer y evolucionar en el camino. Habrá quien se pregunte: ¿cómo puede ser perfecto el accidente de un ser querido que queda paralítico? Lo es. Porque es la realidad pura y dura que se despliega ante nosotros. No hay otra opción.

Sin embargo, ¿recordamos agradecer y estar contentos cuando todo sale a la perfección? ¿Cuando no nos duele nada? ¿Cuando tenemos trabajo o la familia está bien? Sinceramente, solemos olvidarlo. Vivimos en piloto automático. Acumulamos día tras día en la montaña de la inconsciencia.

Todas las religiones tienen actos de agradecimiento. El catolicismo, el judaísmo o el islamismo. Incluso filosofías como el budismo. Se hacen ofrendas como intercambio por las bondades recibidas. Ya en los anales de la historia de la humanidad se hacían regalos a la Madre Tierra. Por los buenos frutos de la cosecha. Los marineros depositaban flores al mar por haber regresado sanos y salvos. O se encendían velas para hacer peticiones y dar las gracias.

La humanidad sabe de la importancia de mostrar agradecimiento. Porque el destino es incierto. Hemos superado muchos retos de supervivencia. Grandes dificultades para permanecer en el planeta como especie. Curiosamente, ahora que gran parte de los seres humanos vive con comodidades: agua corriente, electricidad, sanidad pública, techo o wifi… somos menos agradecidos.

Tal como dice Isop, quizás es una cuestión solo al alcance de las almas nobles. Las equilibradas y pacíficas. Aquellas que pueden sentir en su corazón la grandeza del agradecimiento. Para vivir plenamente. Reconocer esto es el primer paso hacia tu plenitud. Hoy, has descubierto una verdad antigua. Eres un poco más libre.

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