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José Antonio Marina, filósofo de 87 años: «Educar es la mejor manera de educarse a uno mismo y crecer»

Criar a los hijos es, sin duda, una de las tareas más complejas y emocionalmente demandantes que podemos afrontar. A menudo, nos encontramos atrapados en un laberinto de decisiones, con el miedo constante de no acertar, de hacer demasiado o demasiado poco. Es una responsabilidad inmensa tener en nuestras manos la vida de otro ser humano, un pequeño reflejo que depende de nosotros para forjar su camino.

Pero, ¿y si el secreto para educar bien a tus hijos no estuviera solo en lo que les enseñas a ellos, sino en lo que aprendes tú mismo? ¿Qué pasaría si te dijera que la clave definitiva es, en realidad, una oportunidad de crecimiento personal insospechada para ti?

Esta es la visión revolucionaria de José Antonio Marina, el reconocido filósofo y pedagogo de 87 años, que nos invita a repensar todo lo que sabíamos sobre la crianza. Según Marina, «Educar a alguien es una de las mejores maneras de educarse a uno mismo. No se puede ayudar a crecer sin aumentar la propia estatura». Una afirmación contundente que desmonta muchas de nuestras premisas y que pone el acento en un aspecto a menudo oculto.

Su enfoque rompe con la idea tradicional de una educación rígida y disciplinaria, apostando por un acompañamiento flexible que va mucho más allá de la simple transmisión de conocimientos. Marina, fundador de la Universidad de Padres, subraya la importancia de una educación integral, que incluya el ámbito emocional del niño y, crucialmente, el compromiso personal de los padres con su propio desarrollo. Esta es la característica que marca la diferencia, el verdadero beneficio estrella.

Somos conscientes de que no existen los padres perfectos, y Marina lo acepta sin tapujos. Cometemos errores, muchos de ellos, pero la clave reside en nuestra disposición y la buena voluntad para acompañar a nuestra prole. Los niños, en su sorprendente sabiduría, aceptarán de buen grado nuestras imperfecciones si perciben que actuamos desde el amor y el deseo genuino de hacerlo bien. (Sí, nosotros también suspiramos de alivio al leer esto).

Reconocer lo que no hemos hecho bien es, de hecho, una de las lecciones más grandes que podemos ofrecer. Este acto de humildad nos pone al mismo nivel que nuestros hijos, nos enseña a pedir perdón y a crecer juntos. Ellos nos recordarán por haber sido padres presentes, no por haberles satisfecho todos los caprichos. Esta actitud no es rebajarse, sino que engrandece nuestro espíritu y les abre el corazón.

Siempre creí que ser padre era enseñar, no aprender. Ahora entiendo que la mejor lección que les doy es mi propia disposición a crecer y, a veces, a equivocarme.

La sabiduría oculta de los más pequeños

Una de las verdades más impactantes que Marina nos revela es que, en nuestra posición de padres, somos a la vez maestros y aprendices. Debemos estar dispuestos a aprender de los niños y los jóvenes, porque ellos tienen mucho que enseñarnos que nosotros, con el tiempo, hemos olvidado. Su capacidad lúdica, la sorpresa constante, el disfrute puro de la vida y, sobre todo, su curiosidad insaciable, son tesoros que vale la pena redescubrir.

Ellos nos recuerdan que las «semillas» –los niños– necesitan respeto, cuidado y tiempo para crecer y dar sus frutos, y que, por más que esperemos una manzana, quizá florezca otro tipo de árbol o una flor. Intentar desviarlos de su propia naturaleza es el camino hacia la frustración y la infelicidad, tanto para ellos como para nosotros. Su sabiduría es intrínseca e innegociable.

José Antonio Marina advierte que los padres que no han cultivado su propio crecimiento, aquellos que, por ejemplo, no han dejado de juzgarse a sí mismos, proyectarán inevitablemente esta actitud hacia sus hijos. Porque, al fin y al cabo, solo podemos ofrecer lo que tenemos y lo que somos. Nuestros hijos son nuestros espejos más fieles, un reflejo de nuestra propia evolución.

Evitar el error de una mala educación

La mala educación, según el filósofo, se manifiesta en la imposición, la exigencia constante, el castigo sin comprensión o la presión innecesaria. Acompañar a los hijos en su camino no significa negarles todo o regañarles a toda hora; es un arte más sutil. Consiste en equilibrar la balanza, en poner el acento en sus avances, en animarles a compararse con su propio progreso y no con los demás. Esto es un truco valioso que puede ahorrar muchas discusiones.

Este proceso de crianza se convierte, así, en una excelente oportunidad para nuestro propio avance personal. Nos empuja a sacar lo mejor de nosotros mismos, a transformarnos en mejores seres humanos y a cultivar virtudes imprescindibles como la paciencia, la generosidad y la capacidad de ofrecer nuestro tiempo y energía de forma desinteresada. Es un ciclo virtuoso que nos beneficia a todos.

El refrán popular «De tal palo, tal astilla» no podría ser más acertado en este contexto. Los niños son verdaderas esponjas, ávidos de información y aprendizaje constante. Por eso, cada palabra que decimos y cada acción que realizamos frente a ellos tiene un impacto incalculable. No podemos pedirles que lean si nunca nos ven con un libro, ni exigirles que no griten si el tono de nuestra voz es habitualmente elevado.

Nuestra presencia, nuestro ejemplo, es la verdadera luz que los guía, sin necesidad de esfuerzos impuestos o demostraciones forzadas. Aprendemos por afinidad o por confrontación; aquello que conecta con nuestra esencia lo emulamos y lo repetimos, y aquello que choca, lo rechazamos. Así de simple, así de poderoso.

Este planteamiento de José Antonio Marina no es solo una teoría, sino una solución práctica y definitiva para construir relaciones familiares más fuertes y auténticas. Es una invitación urgente a mirarnos a nosotros mismos antes de mirar a nuestros hijos, a entender que su crecimiento está íntimamente ligado al nuestro.

No pierdas la oportunidad de transformar tu experiencia parental en un viaje de descubrimiento mutuo. Al final, ¿no es la mejor inversión que podemos hacer en nuestro futuro colectivo?

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