Vivimos en una sociedad obsesionada con la felicidad, donde constantemente se nos bombardea con la idea de que cualquier rastro de inquietud o malestar es un fracaso personal. La tristeza, la rabia o la angustia se perciben como enemigos a vencer, pero, ¿qué pasaría si todo este enfoque fuera un error y estuviéramos mirando al lugar equivocado?
Hay una verdad incómoda que nuestra sociedad intenta ocultar, tal como el filósofo danés Søren Kierkegaard ya advirtió en el siglo XIX. Su sentencia es clara y rotunda: «Quien ha aprendido a angustiarse de la manera correcta, ha aprendido el supremo», una afirmación que rompe nuestros esquemas actuales.
Para Kierkegaard, la angustia no es lo mismo que el miedo: mientras que el miedo surge de una amenaza concreta y de un peligro identificable, la angustia nace de la posibilidad. Es el vértigo ante todo aquello que aún no es, pero podría ser: una sensación profunda que emerge de nuestra propia libertad.
Sí, nosotros también alucinamos con esta revelación: la libertad, el valor que tanto protegemos, tiene una cara B incómoda que es la angustia. Es la consecuencia directa de poder elegir y de poder decidir quién queremos llegar a ser, siendo esta la clave oculta de su filosofía.
¿La angustia es la antesala de la libertad?
La pregunta es inevitable: ¿por qué la angustia debe verse como la puerta de entrada a la libertad? Kierkegaard lo explica de una manera que nos golpea, recordando que nuestra esencia no viene determinada al nacer y que tenemos la capacidad infinita de transformarnos, de escoger caminos y de actuar de mil maneras diferentes, aunque estas posibilidades generan un vértigo inmenso.
Imagina la libertad como un abismo: lo que nos angustia no es solo lo que nos podría pasar, sino el descubrimiento de la inmensidad de lo que podemos llegar a ser. Nuestro cerebro, diseñado para predecir y protegernos, detesta la incertidumbre, y esta aversión a lo desconocido es lo que produce la angustia.
El vértigo que sientes solo indica una cosa: que estás vivo y dispuesto a hacer algo con tu vida.
Entender esto es imprescindible: la angustia no es una señal de que algo va mal en nosotros, sino un indicativo de que estamos vivos y que tenemos opciones. Es la sensación que nos alerta de que estamos frente a nuestra libertad, de manera que huir de ella es, en el fondo, renunciar a las infinitas posibilidades que nos hacen realmente libres.
La sociedad actual, como dice Byung-Chul Han, se ha convertido en una «sociedad paliativa» donde queremos evitar cualquier sensación incómoda y amortiguar cualquier dolor. No obstante, esta constante búsqueda del bienestar inmediato nos lleva a una paradoja, ya que nos impide abrazar la libertad que Kierkegaard identificó.
El peligro de huir de la angustia
Aquí es donde surge el verdadero problema: en la huida. Nuestra cultura nos insiste en que sentir angustia es malo y que debemos evitarla a toda costa; esta presión nos hace correr el riesgo de huir del vértigo y, al hacerlo, estamos renunciando directamente a nuestra libertad y a nuestra capacidad de transformación.
Es una trampa, ya que como decía Jung, «lo que se resiste, persiste». Cuanto más nos resistimos a la angustia con pensamientos como «no debería sentirme así», «no me gusta» o «no lo quiero», más fuerte se vuelve, ya que cada resistencia y cada intento de evasión solo hace que reforzar su intensidad en un círculo vicioso del que parece no haber salida.
Pero la hay: la solución definitiva es la aceptación, es decir, aprender a convivir con la angustia, hacerla nuestra compañera, tomarla de la mano y decirle: «Te siento porque soy libre». Sentimos angustia precisamente porque estamos vivos y porque nuestra vida está llena de posibilidades, de manera que renunciar a la angustia sería renunciar a una parte esencial de nuestra existencia.
Convivir con la incertidumbre: la solución definitiva
Esta aceptación del vértigo implica un cambio profundo para mejorar nuestra tolerancia a la incertidumbre. Décadas atrás, esto era parte del crecimiento natural de cualquier persona, ya que nuestros abuelos y bisabuelos aprendieron a la fuerza a convivir con un mundo en constante cambio donde nada estaba garantizado y la incertidumbre era una constante diaria.
Por el contrario, nuestro mundo moderno padece de esta intolerancia: si tienes una duda, Google lo resuelve en segundos, y si necesitas comunicarte, un mensaje atraviesa el océano al instante. La espera, la paciencia y el vértigo se han anulado por la inmediatez, y esto hace que, cuando la incertidumbre se vuelve inevitable, la angustia se torne intolerable (nuestro peor enemigo).
La psicología moderna, y en particular la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) de Steven C. Hayes, nos da un truco para convivir con ella: se trata de aceptar el malestar sin hacerlo una condición para actuar. Debemos aprender a identificar nuestros valores y la dirección que queremos dar a nuestra vida para, finalmente, actuar de acuerdo con ellos, incluso si aparecen emociones desagradables o si la angustia hace acto de presencia, sin huir del vértigo.
Esta es la solución: abrazar la incertidumbre y la angustia como parte del camino hacia nuestra libertad, siendo esta la manera de vivir de acuerdo con lo que realmente queremos. Esta es la sabiduría oculta de Kierkegaard, una verdad que puede cambiar nuestro día a día y que es un mapa para la libertad en un mundo que nos quiere amordazados; vale la pena, ¿verdad?
