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L’Ártico revela un enigma: 19 glaciares guardan 425 veces más metano de lo esperado en rocas ancestrales

El corazón del planeta se derrite a una velocidad que nos inquieta a todos, ya que el Ártico no solo pierde su hielo año tras año, sino que está revelando un secreto ancestral que podría cambiarlo todo, de forma literal. Pero lo que ahora emerge del hielo es un secreto mucho más inquietante de lo que podíamos imaginar: no hablamos solo de agua dulce que se vierte al mar, sino de un gas antiguo, atrapado durante millones de años bajo la inmensa masa glacial, cuya liberación no es una hipótesis lejana sino una realidad que puede acelerar un ciclo climático que nadie desea.

El tesoro gaseoso escondido bajo los glaciares

Imagina un gas fósil, un reservorio natural perfectamente sellado por el hielo desde tiempos inmemoriales: ahora, con el cambio climático, los glaciares ya no son una prisión tan segura para este tesoro. Un nuevo estudio pionero, publicado en la prestigiosa revista Nature Communications, ha destapado una realidad que nos ha dejado sin palabras desde que los investigadores fueron directamente a la fuente en el archipiélago de Svalbard.

Allí analizaron 148 muestras de agua, recogidas meticulosamente de los ríos que nacen en 19 glaciares de valle en el corazón de Svalbard, y el resultado fue, sencillamente, impactante. Todos los sistemas estudiados presentaban aguas sobresaturadas de metano; en los casos más extremos, la concentración de este gas llegó a ser hasta 425 veces superior al nivel que se esperaría si el agua estuviera en equilibrio con la atmósfera.

El hielo se adelgaza, y lo que emerge no es solo agua. Es un mensaje urgente de las profundidades, un nuevo agente en el complejo rompecabezas climático que habíamos pasado por alto.

Metano termogénico: una bomba de relojería geológica

Durante años, nuestra atención se había centrado en dos fuentes principales de metano: el generado por microorganismos y el que se libera cuando el permafrost se descongela; pero aquí, la historia es mucho más profunda y antigua. El gas detectado bajo los glaciares de Svalbard es, en su mayoría, metano termogénico, lo que significa que no es un producto reciente de la descomposición orgánica superficial, sino que proviene de materia orgánica que quedó enterrada y se transformó durante enormes escalas de tiempo al ser sometida a condiciones extremas de presión y temperatura, convirtiéndose en un gas fósil.

Svalbard es geológicamente propicia para esto porque hay extensas formaciones sedimentarias, incluidas capas de lutitas ricas en materia orgánica, que es como se forman los sistemas naturales de hidrocarburos. Los glaciares actúan como un tapón gigante sobre estas reservas, pero el agua de deshielo, con su fuerza erosiva, encuentra grietas y conductos para llegar al lecho glacial y arrastrar este gas ancestral hacia los ríos, y de allí, directamente a la atmósfera (sí, nosotros también estamos alucinando con la magnitud del hallazgo).

Es un mecanismo subterráneo y silencioso que hasta ahora no estaba en el radar de nadie, siendo un nuevo factor a considerar en la ya complicada ecuación del cambio climático.

La «tormenta perfecta»: geología favorable y lecho descongelado

La presencia de metano bajo el hielo, por sí sola, no garantiza una gran liberación, por lo que los científicos descubrieron que el estado térmico de la base del glaciar es igualmente decisivo. Cuando el lecho glacial está descongelado, el agua puede circular libremente, estableciendo una conexión mucho mayor con el terreno que contiene el gas; en cambio, si permanece congelado, esta comunicación se reduce drásticamente.

Las diferencias observadas son colosales: glaciares como Ragna Mariebreen, con una geología favorable y un lecho hidrológicamente activo, llegaron a concentraciones de 1.700 nanomoles de metano por litro cerca de su frente, mientras que otros glaciares, a pesar de estar sobre formaciones potencialmente ricas en hidrocarburos, presentaron cifras mucho menores cuando su base estaba más congelada. El análisis estadístico refuerza esta interpretación: la geología por sí sola explicaba aproximadamente el 52% de la variación en las concentraciones, pero al incorporar la proporción de hielo basal templado, el modelo llegó a explicar alrededor del 75%.

Esto nos dice algo clarísimo: el mayor riesgo de liberación de metano aparece cuando coinciden dos ingredientes fatales, como son las rocas ricas en materia orgánica y un lecho glacial suficientemente descongelado para permitir la circulación del agua.

Una señal de alerta urgente del Ártico

El comportamiento del metano no se detiene en el frente del glaciar: generalmente, su concentración disminuye río abajo, ya que una parte escapa hacia la atmósfera, pero los investigadores detectaron aumentos posteriores en numerosos cauces de agua. En el 68% de los ríos, la concentración máxima apareció lejos del frente glacial, lo que es señal de que las aguas subterráneas del terreno recientemente descubierto también alimentan el sistema.

El equipo hizo una primera estimación de la magnitud del fenómeno: los glaciares terrestres de Svalbard podrían transportar entre 182 y 368 toneladas de metano anualmente mediante sus aguas de deshielo. ¿Parece poco? Los autores advierten que estos cálculos son aproximados y probablemente muy conservadores; no estamos hablando de emisiones comparables a las grandes fuentes humanas, es cierto, pero su relevancia científica es otra: demuestra la existencia de un mecanismo natural capaz de trasladar carbono geológico antiguo hasta la atmósfera.

Y su funcionamiento depende directamente de la transformación imparable de nuestros glaciares, en un ciclo que parece autoalimentarse.

La paradoja es cruel: un mayor deshielo puede llevar inicialmente más agua hasta el lecho glacial y aumentar el lavado de metano. Pero, si los glaciares se adelgazan demasiado y se separan de su sustrato, el lecho podría congelarse de nuevo y, paradójicamente, reducir el transporte del gas. Una carrera contra el tiempo que no entendemos del todo.

El futuro incierto del metano ártico

Esta revelación va mucho más allá de Svalbard, ya que regiones glaciales de todo el mundo asentadas sobre provincias geológicas ricas en hidrocarburos podrían esconder mecanismos similares (piensa en zonas con geologías similares que ahora estamos observando). El mapa del futuro metano ártico no dependerá solo de la velocidad con que el hielo desaparece, sino que también dependerá de algo que, hasta ahora, era prácticamente invisible y subestimada: las rocas que hay debajo del hielo.

Comenzamos a entender una nueva variable en la ecuación climática, una que nos obliga a mirar bajo la superficie para anticipar lo que nos espera. ¿Cuál será el próximo secreto impactante que nos revelará el planeta? La verdad siempre emerge.

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