MónTerrassa
Vida, obra y secretos del Terrassense del Año Jordi Fàbregas

El periodista Josep Villagrasa es el autor de las glosas de los Terrassenses del Año 2024, leídas en la fiesta celebrada este sábado 23 de noviembre en el Teatre Principal. Su trabajo permite conocer la vida, obra y secretos de un personaje como Jordi Fàbregas Oliván.

Aquí tenéis la glosa íntegra

Es una constante de los terrassenses del año que las personas homenajeadas se sorprendan de haber sido elegidas. Siempre coinciden en destacar que hay más gente que lo merece.

Hoy comenzamos con una persona que, incluso, se sorprende de haber sido designado como terrassense, a pesar de ser de aquellas personas que hacen y convierten nuestra ciudad en tierra de acogida.

Hablamos de Jordi Fàbregas y Oliván, llegado a la ciudad hace 23 años a Can Palet para cambiar su entorno. Hijo de Horta, Jordi nació en 1954 en Barcelona. Fue el cuarto de los cinco hijos de Josep y Pilar, una pareja sencilla y trabajadora; el padre se enorgullecía de su trabajo como ebanista y la madre, aragonesa orgullosa, convertía sus creencias en una implicación en su entorno que impregnaba de forma invisible los pasos de los hijos.

A los once años, mientras estudiaba en La Salle, Jordi entró en el movimiento scout, donde inició un camino que lo llevaría de lobato hasta convertirse en monitor con los años. Una vinculación al asociacionismo juvenil que acabaría marcando, como se verá, toda una trayectoria vital.

Hablamos de una época, sin embargo, donde estudiar no se podía desligar de ayudar en casa. Cuando tenía catorce años, con un certificado de buena conducta firmado por el padre y el rector de la parroquia, consigue trabajo como botones en la Agrupación Mutua del Comercio y la Industria. El trabajo, en el que prosperará durante los años, le permitirá continuar con los estudios por las tardes.

Nos situamos en los años setenta donde diferentes experiencias lo marcarán de cara al futuro. Hablamos de la mili, donde le tocará hacer servicio con las ambulancias de la Cruz Roja con un contacto directo con los enfermos y entornos desfavorecidos. También de su contacto con los grupos de revisión de vida en la parroquia de Sant Isidoro donde, a través del movimiento Taizé, entra en contacto con una visión de la Iglesia universal, abierta al mundo y con respeto a todas las creencias. Jordi explica que es en aquel momento donde abre los ojos y comienza a despertarse un lazo entre sus creencias y una vocación de servicio a los demás.

Este, sin embargo, será un camino largo. Así, mientras va superando los estudios universitarios de filosofía, psicología y teología, se independiza a los 23 años para ir a vivir en comunidad con dos compañeros más de estudios. La implicación social de Jordi Fàbregas en aquel momento ya está bien viva.

En el piso donde viven acogen y atienden a niños desfavorecidos del barrio chino de Barcelona. Niños a quienes, alrededor de los años ochenta, volverá a encontrar dentro de los muros de la Modelo como voluntario en prisiones. Como dice Jordi, hay gente que necesita alguien a su lado y más que pena, despiertan miedo. Superar este prejuicio y extender la mano es comenzar a cambiar las cosas.

Lo demostrará trabajando en el esplai del barrio de la Perona y en las chabolas de la Sagrera, colaborando con la Pastoral juvenil o implicándose con Sant Joan de Déu en la atención de los enfermos de SIDA, en un momento donde esta enfermedad era un auténtico estigma.

Con todo, sin embargo, no será hasta los años noventa del siglo pasado cuando se decidirá a dar un paso definitivo hacia un cambio de vida. Al llegar casi a los cuarenta años deja su labor profesional y entra en el sacerdocio. Será ordenado en 1995 y destinado a la parroquia de Sant Ramon en el barrio de Collblanc en Barcelona.

Hay que decir que Jordi Fàbregas recuerda con mucho cariño aquella primera etapa como sacerdote, pero la vida le tenía preparada una nueva parada inesperada en una localidad que casi no había pisado en todos sus años de vida.

En 2001, poco después de la caída de las Torres Gemelas y en un momento de cambios en el mundo, un conocido de su hermano, mosén Josep Pausas, hablaba de mosén Fàbregas como un perfil idóneo para la Parroquia de Sant Josep en el barrio de Can Palet. Así se encontró un día Jordi ante el obispo auxiliar de Barcelona que, con las palabras “Como el Vallès no hay nada…” le anunció lo que sería su nuevo destino: Terrassa.

Jordi todavía recuerda la primera vez que vino a la ciudad para visitar la parroquia. Ni siquiera la encontraba. Acostumbrado como estaba a unas iglesias de Barcelona más espectaculares, tuvieron que dar un par de vueltas hasta toparse con Sant Josep.

El entorno, sin embargo, encajaba perfectamente con su estilo de abordar el trabajo y siguió su máxima de que el cura debe salir del despacho y pisar la calle. Aquel era un barrio obrero, modesto, hecho de gente llegada de todas partes buscando en Terrassa un nuevo comienzo, acostumbrados a luchar cada día para salir adelante.

Notaba en el barrio y la parroquia la necesidad de hacer cosas y, sin duda, había cosas por hacer.

Los locales parroquiales necesitaban una buena sacudida para dignificar las instalaciones y poder convertirse en punto de referencia y acogida para una comunidad con ganas de mirar al futuro.

Como muestra del momento de cambio que captó como rector de la parroquia, Jordi Fàbregas explica que una de las cosas que más le impactó al principio fue que venía de una parroquia donde a menudo oficiaba bodas y, de repente, se encontró en Can Palet donde oficiaba muchos entierros.

Es cierto que tenía una comunidad en la parroquia con numerosa gente mayor, personas implicadas en la vida pastoral o espacios como Cáritas. Ahora, también había un grupo de jóvenes vinculados al Esplai infantil esperando a dar un paso adelante. Y aparecieron cuando más se les necesitaba.

En 2008 la crisis económica impactó muy fuerte en el barrio, siendo los niños quienes sufrieron más las consecuencias. Es en ese momento cuando, frente a Jordi, apareció un joven del espacio, Josep Rodríguez, con una propuesta. ¿Por qué no ampliar el esplai del fin de semana para poder atender las necesidades de los niños todos los días de la semana?

Este será el germen de lo que se convertirá en el Centro de día, que comienza ese mismo año atendiendo a 40 niños y niñas todos los días. Para hacerlo posible, mosén Fàbregas se mueve para conseguir la ayuda de la Fundación Pere Tarrés y la Fundación la Caixa. Nace así la Asociación Educativa Can Palet, con Jordi como presidente y una junta formada por monitores, voluntarios y familiares de los niños atendidos.

Ante la necesidad (y que me perdone Jordi por usar la expresión natural pero bastante clara que me dijo él mismo) se trata de tener una visión de la Iglesia “acogedora no acojonadora”. La voluntad de la parroquia, de su gente y de él como rector al frente, va más allá de la catequesis o una labor evangelizadora. Se trata, como dice, de educar en valores humanos y cristianos, que para Jordi Fàbregas son lo mismo. Poco importa la fe, el origen o las circunstancias de donde venga cada uno si se puede garantizar una vida de oportunidades. Una visión necesaria para un proyecto que debía atender la realidad de un barrio bien diverso y que, desde sus inicios, abrió la mirada hacia toda la ciudad.

El proyecto crecía la misma demanda de ayuda y también, hay que decirlo, porque los buenos resultados permitieron a la Asociación ganarse la confianza de los servicios sociales del Ayuntamiento de Terrassa y mejorar el convenio con la Fundación la Caixa.

En 2010, mosén Jordi sumará esfuerzos con mosén Joan Lázaro, de la Parroquia de Ca n’Anglada, para gestionar desde la Asociación también el centro de día de su barrio. Un paso que permitirá llegar a dar apoyo ya a 300 chicos y chicas cada día.

Además, la visión de la asociación se va ampliando para cubrir las necesidades durante prácticamente todas las horas del día. Desde el servicio despertador, para levantarlos y garantizar que vayan a la escuela; ayudar a garantizar las becas comedor, acompañarlos en los estudios y estar con ellos por las tardes para hacer los deberes y garantizar un entorno seguro de juego. De sol a sol, intentando cubrir todos los días del año y ofreciendo también esplais y salidas para vacaciones. Esto implicará sumar esfuerzos a las ayudas ya recibidas y entrarán en juego la Fundación Probitas, la DGAIA o la Diputación.

El proyecto, por tanto, va creciendo y en 2019, mosén Jordi plantea dar un paso más y convertir la Asociación en Fundación para consolidarse y reforzar su misión.

La Fundación Educativa Terrassa, con Jordi Fàbregas como presidente, será una realidad en 2020, coincidiendo como maná caído del cielo con una de las crisis más inesperadas hasta el momento: la Covid19. Ni mosén Jordi ni todo el equipo se dejarán vencer por el miedo y, superando confinamientos y dificultades, se trabaja para cubrir todas las necesidades: desde llevar alimentos puerta a puerta, luchar por cubrir la brecha digital y permitir la continuidad de los estudios en línea o atendiendo los problemas de salud mental.

Será un primer reto duro que sabrán superar y que llevará a la Fundación, en los años siguientes, a ir asumiendo y sumando retos. Así, se ampliará servicio a niños del barrio de Egara, a Las Arenas o a Can Tusell.

Un resumen abrupto de años de trabajo que nos sitúa, a día de hoy, con una Fundación Educativa Terrassa que cubre diariamente las necesidades de 700 niños y que gestiona puntos de orientación social donde se atienden hasta 5,000 personas al año.

Una labor, evidentemente, mosén Jordi Fàbregas no lo hace solo. Él mismo define su papel como presidente de la Fundación como el más pequeño en un equipo de 60 profesionales y muchos más voluntarios, que trabajan y dan su tiempo a favor de la infancia. Psicólogos, monitores, educadores de calle y otros perfiles entre los cuales se esconden, a menudo, niños y niñas que en su día estuvieron al otro lado, necesitando una mano amiga en Can Palet y otros barrios. Ahora son ellos quienes se esfuerzan para que una nueva generación tenga las mismas oportunidades. Personas con un profundo conocimiento de nuestra ciudad y sus necesidades que luchan, día a día, por las personas Terrassa del futuro.

Este no es un camino libre de obstáculos, y lograr los apoyos para poder garantizar este servicio día a día no siempre es fácil. Como tampoco lo es para Jordi Fàbregas combinar esta labor solidaria con sus funciones propias como rector. Esto no le ha impedido, sin embargo, poder mantener un vínculo y atención con sus feligreses de la parroquia de Sant Josep. Y no hay mejor demostración para constatarlo que la sorpresa que le prepararon por su reciente septuagésimo cumpleaños.

Así, el pasado mayo, coincidiendo con su cumpleaños, le regalaron un viaje a Roma bastante especial. Y es que, si bien el regalo ya lo valía, lo que no se podía esperar Jordi Fàbregas es que al llegar a Roma recibiera una llamada para informarle que en dos días el Papa Francisco lo recibiría en privado.

Aún hoy en día nuestro terrassense del año no sabe quién le consiguió este regalo. Eso sí, recuerda los nervios antes de entrar, que le dijeron que no se podía levantar, los protocolos necesarios ante un honor inesperado. Y, a pesar de eso, afirma, eliminó cualquier formalidad. El mismo Papa Francisco lo invitó a levantarse y acercarse a él para que le explicara qué era y cómo trabajaba la Fundación Educativa Terrassa. Del encuentro queda inmortalizado el recuerdo en fotografía y, lo que es más importante para Jordi, la bendición del pontífice a la labor de la Fundación.

Desde entonces, sobre el escritorio de mosén Jordi Fàbregas en la parroquia hay enmarcado un mensaje del Papa muy especial. Unas palabras breves de las cuales destacaremos solo una consigna “Recíbelos a todos”, que encaja perfectamente con lo que mosén Jordi ha hecho todos estos años. Y no solo con el trabajo por la infancia y la juventud de la ciudad. Desde acompañar enfermos, hacerse cargo del último adiós en el cementerio de Terrassa o apostar por el diálogo y la convivencia desde el Consejo interreligioso de Terrassa.

Calla que no sea un cura quien finalmente nos demuestre que, por difícil que parezca, si uno quiere sí se puede ir a misa y repicar a la vez.

Lo que es indudable es que la ciudad hace 23 años tuvo la suerte de sumar un terrassense de los que dejan huella. Por todo eso, Mosén Jordi Fábregas y Oliván, permítenos que te digamos hoy, enhorabuena terrassense del año.

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