El pasado domingo 9 de febrero, más de 40 activistas de Barcelona Animal Save y Vallès Animal Save nos reunimos en la festividad de Els Tres Tombs para cuestionar una vez más el uso de los animales, también como entretenimiento. Esta práctica no es una anécdota ni un caso aislado, sino la consecuencia de una mentalidad arraigada que sigue viendo a los otros animales como productos, recursos o simples objetos de los cuales sacar provecho. Nuestra presencia no respondía a una demanda de mejor regulación o de más garantías de bienestar dentro de estos actos, sino a una reivindicación mucho más profunda: el rechazo total a su explotación. Porque no se trata de cómo se les utiliza, sino del hecho de que se les utiliza.
Durante la protesta, que como siempre se desarrolló de manera pacífica y silenciosa, acompañamos la rua de equinos con el objetivo de hacer reflexionar tanto a los participantes como a los espectadores. Es evidente que, a pesar de los esfuerzos por maquillar esta realidad con argumentos de tradición y cultura, lo que se perpetúa en estos eventos es una visión de los animales como seres inferiores al servicio de los humanos, en lugar de reconocerlos como individuos con intereses propios.
Se habla a menudo de protocolos de bienestar animal como si fueran una garantía en estos eventos, pero tanto las imágenes como la observación directa desmienten este relato. Que existan normativas no quiere decir que se cumplan, y que una veterinaria pagada para evaluar el estado de los animales elabore un informe tampoco es garantía de nada. Solo hace falta abrir los ojos y dejar de mirarlos desde una posición de superioridad para ver lo que pasa realmente: movimientos nerviosos constantes, estereotipias evidentes como el balanceo de cabeza hacia arriba y abajo o de lado a lado, sacudidas de cabeza, salivación excesiva… Como en todos los actos donde se utilizan animales, su sistema nervioso se ve hiperactivado por un entorno que no es su lugar.

Un argumento recurrente por parte de algunos asistentes que cuestionan nuestra presencia en los diferentes municipios a los que vamos es que «siempre se ha hecho así». No obstante, la tradición no es sinónimo de ética. A lo largo de la historia, muchas prácticas han sido perpetuadas en nombre de la cultura y la costumbre, pero han tenido que ser erradicadas porque vulneraban derechos fundamentales (desfiles de esclavos humanos, lapidaciones públicas y exhibiciones étnicas de indígenas o zoos humanos). El ser humano tiene la capacidad de razonar y evolucionar, y es momento de poner fin a las fiestas que implican explotación animal.
Nuestra presencia y reivindicación pacífica dio lugar a un debate social. Aunque algunas personas continuaban defendiendo la explotación animal en nombre de la tradición y la cultura, y lo hacían con violencia e insultos hacia los activistas, también hubo muchas personas que nos aplaudieron, que agradecieron que estuviéramos allí y algunas incluso se unieron.
Hay muchas maneras de mantener vivas las tradiciones sin perpetuar la explotación de seres vivos. Apostamos por un futuro en el que la cultura y la fiesta no incluyan su uso. Tenemos muchas propuestas para una celebración más ética. ¿Nos escuchará algún día la Federación de Els Tres Tombs o preferirá continuar anclada en la época medieval?
Continuaremos trabajando para concienciar a la sociedad sobre la importancia de un cambio de paradigma en la relación entre humanos y el resto de animales. La lucha por sus derechos no es una moda pasajera, es un paso necesario hacia un mundo más justo, evolucionado y compasivo.
