La bailarina y coreógrafa valenciana Sol Picó (Alcoy, 1967) residente en Barcelona es una artista indomable que no ha dejado de subvertir las reglas de la danza con su flamenco con puntas a lo largo de toda su carrera. Ahora, acercándose a los sesenta, recapacita y confronta la resistencia de su cuerpo con otras seis bailarinas de menos de treinta años en La Cordero i el seu exèrcit. Es la culminación de una trilogía, precedida por Titanas (2022) y Lastre (2024), que comenzó a rodarse hace nueve meses en representaciones puntuales y que esta semana toma su forma definitiva, primero en Viladecans este viernes y domingo a las 18 h en el Teatre Principal de Terrassa, como un verdadero estreno antes de aterrizar en la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya el 13, 14 y 15 de marzo.
También supone la apertura de la programación de Terrassa Arts Escèniques i Música del primer semestre en las salas municipales. Precisamente, este es uno de los cuatro espectáculos de danza que forman parte de un abono especial (junto con POP, We Are Not a Ghost y Lake Machine). En una conversación telefónica a principios de semana, Sol Picó desde Viladecans nos explicaba la génesis, progresión y deflagración de esta pieza que se presenta como una convulsión generacional.
¿Estáis en pleno ensayo del espectáculo?
Ahora estamos de residencia en el Teatre de Viladecans. Es un espectáculo que se está haciendo un poco por fases. Hoy en día, es muy difícil estar muchos meses como antes. Comenzamos en abril de 2025. Ya hicimos una previa en Málaga, después otra en Castellón y en la Fira de la Mediterrània en Manresa, el pasado octubre. En Viladecans la haremos el viernes y, justo después, Terrassa. Poco a poco para acercarnos al Nacional.
Esta es la tercera pieza de una trilogía, Ruido, vanidad y alcohol. ¿Qué se verá en esta tercera parte La Cordero i el seu exèrcit?
Es como llegar a un final para conseguir una transformación y hacer un reinicio de algo. Está concebido como un espectáculo bastante delirante, como una catarsis. Hay una inspiración en el mundo del apocalipsis, en el sentido de destrucción, pero destrucción para un nuevo comienzo… Es bastante evidente que una artista que se dedica al cuerpo durante toda su vida, a trabajar y expresarse con el cuerpo, llega un momento en que ese cuerpo tiene que cambiar. Tiene que transformarse y dirigirse hacia otro lugar. Es librar esa batalla. Porque yo ahora estoy viviendo una batalla. Este es un espectáculo muy personal. Y, por eso, hay un ejército. En Terrassa seremos seis y yo. Porque el espectáculo son cuatro o seis chicas, dependiendo del espacio. Hay un acompañamiento como jinetes del apocalipsis. En este caso, las yeguas del apocalipsis, mis yeguas. Son bailarinas de menos de treinta años, y vamos a compartir este final o este inicio. Porque ellas absorben de mí y yo absorbo de ellas. Me acompañan en esta batalla, en esta guerra.

¿Por qué te haces llamar La Cordero?
La Cordero es el animal frágil y vulnerable, una simbología bastante importante del apocalipsis. Es un poco como me siento yo, con esta fragilidad, esta vulnerabilidad. Pero que después se convierte en el cordero de Cristo. En algo que renace y que va adquiriendo una fuerza. La imagen del cordero es muy bíblica. Y, sobre todo, para mí es una imagen de sacrificio. Porque yo siempre tengo la sensación de que estamos en un constante sacrificio, en una constante lucha. Esta vez es aún mucho más cruenta. Y el cordero me da toda esta simbología y este imaginario.
¿Por qué crees que a partir de ahora no podrás hacer un teatro tan físico…
Hablo mucho de transformación, y en ningún momento de retirada. En ningún momento aparece la palabra. Por eso, hablamos mucho de catarsis, porque es algo que está dentro y tiene que autodestruirse para comenzar de nuevo. Lo extrapolamos a esta especie de mundo apocalíptico que estamos viviendo. Y que, cada día que pasa, es más bestia. Que parece que tiene que arrasarse para comenzar uno nuevo, porque este que estamos viviendo es una locura. Se extrapola hacia afuera y, por supuesto, es un sentimiento que estoy segura de que todo el mundo llega un momento en su vida que puede pensarlo. No solo con el cuerpo, con todo. Tiene algo de edadismo.
¿Es un work in progress lo que se verá en Terrassa? ¿Lo estáis haciendo evolucionar en función también de vuestros cuerpos?
Un espectáculo, y este no está cerrado, está en constante evolución. Y yo, en concreto, siempre estoy dando puertas abiertas. Este espectáculo se ha hecho con cuatro yeguas, que ahora son seis. Y todo esto genera otra transformación, porque hay dos cuerpos más que aportan toda su fuerza, su energía, su mundo. El espectáculo en Viladecans no será igual que el de Terrassa, el de Terrassa no será igual que el de Alcoy o el de Girona. Va en constante evolución. Y, obviamente, en un momento dado se cierra. Pero el cuerpo va cambiando, es una evolución constante.
¿Cuáles son los otros dos espectáculos de la trilogía?
El primero fue Titanas, que ya comenzó en esta línea. Fue un encargo del Palau de les Arts de Valencia. Busqué dos bailarinas coreógrafas. Que tenían su propia compañía y su propio recorrido. Bailarinas mayores de cincuenta años, con las que podía compartir esta pregunta: ¿cómo lo vives tú? El Titanas éramos las tres mujeres coreógrafas que se enfrentan a la pregunta ‘¿Cómo subimos a un escenario con esta edad?’ La bailarina sueca (Charlotta Öfverholmera) más mayor que yo, de sesenta años. Y la otra, la catalana (Natsuki), pero que había desarrollado toda su vida en Francia, que tenía dos menos que yo. Estábamos en el mismo momento vital. Un momento de cambio, pero aún estábamos entrando. Después de aquel espectáculo, surgió Lastre, de treinta minutos, más pequeño. Donde tomo mi solo en Titanas y lo desarrollo hacia la transformación. Y, ahora aquí, explota todo. Viene la catarsis absoluta, el delirio total. Es un espectáculo que tiene una fuerza extra, porque hay seis mujeres y porque generamos toda esa energía absolutamente desbordada.
Y, después, hay un trabajo importante con las puntas, que eso no lo he hecho con los otros. Pongo las puntas a las bailarinas, obviamente diferente de lo que se puede entender por una punta de clásico. Y hay todo un trabajo físico, hay una evolución. En Titanas había tres coreógrafas, y cada una tenía su mundo. En Lastre, ellas me acompañan, pero es una pieza corta. Como el inicio de esta transformación. Y, aquí, realmente hago un traspaso de mi movimiento. Hago un traspaso de mi cuerpo, de la manera en que se mueve, poniéndolo en sus cuerpos, que son cuerpos que no tienen nada que ver con el mío. Entre otras cosas, porque tengo casi treinta años más que ellas. Hay toda esta idea de compartir. Incluso ellas, a veces, me molestan, me fastidian. Pero, al final, están conmigo. Para desvelarlo un poquito, están dentro de mi cabeza. Es todo lo que me gustaría, no me gustaría…

Es eso que dices de «perdonarme todo lo que no hice, por las cosas que ya no haré, y aprender a asumirlo sin castigo»…
Sobre todo, perdonarse a uno mismo.
¿Qué entiendes por demasiado ruido, demasiada vanidad, demasiado alcohol, como lema?
Son cosas que te acompañan en la vida: hay mucho ruido, creo que la vanidad está muy presente. Es algo que siempre intento trabajar, pero ahí está. Me guste o no. Y el alcohol es porque somos de un mundo bastante del rock and roll. Con eso no tengo ningún problema, de momento, en absoluto. El alcohol es como el rock and roll. Yo vengo de una generación que ha sido muy destroyer.
¿Punk?
Sí, muy punky. Yo aún tengo ese puntito punky…
Y no lo quieres perder….
En absoluto, porque forma parte de mi esencia. No es que lo busque, diciendo voy a hacer algo punk. Nunca en la vida me he planteado eso. De hecho, yo me he subido a un escenario y ha habido gente que ha venido y ha dicho: ¡qué punky! Tampoco es que lo sea, pero hay una pequeña transgresión. Estéticamente, también siempre hay algo que chirría…
¿Qué nos puedes decir de la dramaturgia del italiano residente en Barcelona Roberto Fratini?
El Fratini ya me ha acompañado en algunas dramaturgias. Ha hecho casi todos los textos. El último que recito, lo hemos trabajado juntos, pero los otros son suyos. Es un dinamizador, el Fratini a mí me dinamita. Viene a un ensayo y dice lo que piensa. Y yo, pam, se me ocurren diez escenas más. Es muy interesante la manera que tiene de generar esta dramaturgia. Nada tiene que tener sentido, pero a mí me da mi discurso y me lo aclara mucho. Se pone a hablar y escucharlo es maravilloso. Tiene una cultura, una manera de expresar las cosas desde un lugar. Es un gran conocedor del mundo del cuerpo, y hay muy poca gente que pueda reunir todas estas cosas, la dramaturgia, el discurso interno, el cuerpo…
¿Y a nivel de música, qué propone Josep Tutusaus?
Al Tutu yo no lo conocía de nada. Me pidieron una performance, y les dije de buscar un músico que compusiera y que también tocara algún instrumento acústico, de viento. Y él es trombonista. Encontramos una iglesia en un pueblo perdido del Empordà, e hicimos una improvisación preciosa. Pensé que él era mi músico. Su música acompaña el espectáculo, tiene toques electrónicos, muy también instrumental. Hay bastante ruido, la verdad. Nos ha acabado saliendo un poco ruidoso, pero acompaña este espectáculo. La música es algo que, a mí, me cuesta mucho cerrar. Y también está en constante evolución. Que la danza no vaya por un lado y la música por otro, sino que haya un acompañamiento muy integrado.

¿Cómo elegiste el casting de tus acompañantes, estas chicas tan jóvenes?
Hice pruebas, a algunas ya las conocía. Hay una, Ana F. Melero, que es una sevillana maravillosa. Ya había hecho un par de espectáculos conmigo, el Macaron Power (2023) y, después, el Carrer 024 (2024), con el que celebramos los treinta años de la compañía. Y ya vi que era espíritu Sol Picó a tope. Después, está Marta Santacatelina, que es alcoyana como yo. Y las otras (Julia Kaysser, Mireia Varón, Júlia Estadella y Amanda Rubio), las he ido conociendo con castings, gente que ha ido pasando por mi espacio barcelonés de La Piconera. Es importante, por un lado, que haya una buena técnica, porque si no no puedes subir a bailar sobre las puntas. Pero, después, tiene que haber un espíritu concreto, el que ellas me dan sobre el escenario.
Después del Teatre Nacional de Catalunya en marzo, ¿tenéis ya una agenda con este espectáculo por mucho tiempo?
Hoy en día, el tema de las agendas después de los estrenos ha cambiado. Tenemos cuatro o cinco fechas. Vamos a los Teatros del Canal de Madrid, hacemos otros bolos por Cataluña. Pero una vez se estrene en el Nacional, viene todo el mundo internacional y a ver qué pasa. Ya hay algunas voces… Porque Lastre ahora sale al internacional. Este verano, la haremos en Londres y Hungría. Y, después, viene La Cordero, todo a su tiempo… Antes, hacía un espectáculo y lo vendía cinco, seis años, mientras iba haciendo dos y tres a la vez. Ahora, la producción es diferente, el mercado lo es. Entonces, lo que venga será muy bienvenido.
Pero sí que os gustaría que estuviera de gira, como mínimo, todo el año 2026?
Y tanto, 2026 y 2027 y lo que haga falta. Alrededor de este espectáculo, hay una cosa muy bonita y es que haremos un docuficción. Es con un profesor de la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya, en Terrassa) que se llama Christian Checa, que se acercó a nosotros por casualidades de la vida. Nos pidieron una cosa en la ESCAC y, de repente, se produjo este encuentro. Alrededor de este espectáculo, hay mucha historia.
¿Será un antes y un después para tu carrera?
No lo sé (ríe)… Como siempre, hablo de cosas personales, que pienso que son espejos de todos. Todos tenemos miedo, todos vivimos desamores, duelos… A todos nos pasan estas cosas en la vida, y yo las coloco sobre el escenario. Y de alguna manera, las cuestiono y las lanzo.

