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Científicos implantan neuronas humanas que desarrollan conexiones funcionales en ratones con medio cerebro

Imagina que la ciencia pudiera reconstruir un cerebro dañado, pieza por pieza, o que tuviéramos un modelo vivo y funcional para descifrar las enfermedades neurológicas más complejas. Parece sacado de una película de ciencia ficción, ¿verdad? Pues bien, un equipo de investigadores acaba de dar un paso de gigante que podría cambiarlo todo en nuestra comprensión de la mente humana.

Lo que parecía imposible, ahora es una realidad sorprendente. Un grupo de científicos, con participación española, ha logrado trasplantar con éxito neuronas humanas en ratones, pero no en ratones cualquiera. Han creado unos modelos únicos que nos abren una ventana inédita a la complejidad cerebral. (Sí, nosotros también estamos alucinando con la implicación de este hito).

El equipo de la Universidad de Stanford ha tomado organoides corticales humanos, que son pequeños fragmentos de tejido cerebral cultivados en laboratorio, y los ha implantado en ratones modificados genéticamente. Estos ratones, llamados «apalliales», nacen sin prácticamente toda su corteza cerebral, la parte del cerebro responsable de funciones como la cognición y la memoria. ¿La revelación? Este tejido humano no solo ha sobrevivido, sino que ha crecido y ha desarrollado conexiones funcionales con el cerebro y la médula espinal de los roedores.

Esta proeza no busca crear animales con capacidades humanas (tranquilos, no estamos en una película de terror). El objetivo definitivo es revolucionar la investigación de enfermedades neurológicas hoy incurables. Piensa en la esquizofrenia, la epilepsia, el autismo profundo o la parálisis cerebral: este experimento abre una vía imprescindible para entenderlas y, quizás, encontrar una solución. Hasta ahora, estudiar un cerebro humano vivo era un muro infranqueable para la neurociencia.

La clave: crear el lienzo perfecto

Antes de este último logro, en 2022, el mismo equipo ya había probado implantar organoides humanos en ratas bebés. Aquella vez, los investigadores lograron identificar un defecto molecular en el síndrome de Timothy, una enfermedad genética devastadora, e incluso encontraron un candidato a fármaco. Pero había limitaciones claras: las neuronas de rata se desarrollaban mucho más rápido que las humanas, y ambas competían constantemente por el espacio, dificultando la integración plena.

Para superar esta competencia, los científicos diseñaron una nueva cepa de ratón en laboratorio. Estos ratones «apalliales» están genéticamente modificados para que no puedan formar la corteza cerebral ni la mayor parte del hipocampo, eliminando así la mitad de su volumen cerebral. Tras años de trabajo, lograron ratones saludables con solo un 2% del tejido cortical original. A pesar de sus peculiaridades, como una marcha más cautelosa, estos animales eran sorprendentemente funcionales, demostrando la capacidad del cerebro para asumir funciones en fases tempranas del desarrollo.

El secreto para una integración exitosa es el momento. Si esperáramos demasiado, el cerebro del ratón ya no estaría interesado en establecer nuevas conexiones.

Los organoides corticales utilizados provenían de donantes sanos, a partir de células de la piel que se transformaron en células madre pluripotentes inducidas (iPS). Uno o dos meses después de su desarrollo, estos organoides, que contenían aproximadamente 100,000 células cada uno, fueron colocados quirúrgicamente en las cavidades cerebrales de ratones apalliales de solo dos días de edad. Sergiu Pașca, el psiquiatra al frente del estudio publicado en Nature, explica que esta ventana de plasticidad es crucial: «Si lo hiciéramos en fases mucho más avanzadas, el cerebro del ratón ya no estaría interesado en establecer conexiones».

El ‘match’ inesperado y sus retos

En los nuevos ratones «xenocorticales» (XCX), las células humanas se dividieron y crecieron durante semanas y meses, ocupando gran parte del espacio disponible y formando tejido cortical. Garikoitz Lerma Usabiaga, investigador Ikerbasque, analizó las imágenes de resonancia magnética, confirmando la conectividad entre el organoide y el cerebro del ratón. Este «match» fue una solución parcial al problema de competencia anterior, ya que la integración ahora era más fluida y eficiente.

Aun así, Pașca reconoce que no es un sistema perfecto. Los ratones xenocorticales contienen unos cuatro millones de neuronas humanas, una cifra significativa, pero inferior a los catorce millones de neuronas de la corteza cerebral que fueron retiradas del ratón. Además, las células humanas no se organizan exactamente en las mismas capas que lo harían en un cerebro completo. Por ahora, solo se pueden estudiar etapas de desarrollo relativamente tempranas, ya que seis meses en un ratón equivalen aproximadamente a la mitad de la gestación humana. El desfase en el ritmo de desarrollo entre las dos especies sigue siendo un reto a superar.

Los científicos también monitorizaron el comportamiento de los ratones. Observaron que muchos de los déficits conductuales que presentaban los animales apalliales desaparecieron en los xenocorticales. La conducta de estos animales con el tejido humano era similar a la de los ratones de control, aunque presentaban «algunos déficits muy sutiles» en tareas concretas. Cabe aclarar que el experimento no convirtió a los ratones en seres más inteligentes o con capacidades humanas; el objetivo no es este, sino crear un modelo de estudio.

Una nueva esperanza para enfermedades incurables

Para demostrar el valor de estos modelos, los ratones fueron expuestos a niveles bajos de oxígeno. Esta privación provocó daños importantes en el tejido cortical de origen humano, derivando en dificultades para mantener una marcha estable y el equilibrio, una observación que recuerda lo que se ve en niños con parálisis cerebral. En cambio, los ratones normales y los apalliales prácticamente no se vieron afectados. «Averiguar qué explica esta diferencia podría proporcionar pistas sobre la susceptibilidad neuronal humana a la falta de oxígeno, iluminar los mecanismos subyacentes a la parálisis cerebral y proporcionar una plataforma para probar posibles estrategias terapéuticas», afirma Pașca. Esta es la solución que la comunidad científica esperaba.

La investigación regaló otra sorpresa oculta. El tejido cerebral humano de los ratones xenocorticales contenía cantidades detectables de las rarísimas neuronas de von Economo (VEN). Estas células nerviosas gigantes, mucho menos frecuentes que la mayoría (una de cada 90,000 neuronas), solo se habían observado en tejido cerebral obtenido después de la muerte. Nunca se habían generado en cultivos ni habían aparecido en experimentos de trasplante anteriores. En humanos, están implicadas en la conciencia social y la toma de decisiones, y son especialmente vulnerables en la demencia frontotemporal, la misma enfermedad neurodegenerativa que afecta al actor Bruce Willis.

Ahora podemos estudiar estas células raras de una persona sana en un animal vivo y con comportamiento, para saber más sobre su función y probar posibles tratamientos.

La presencia de estas neuronas es un descubrimiento sin precedentes. «En algunas formas de la enfermedad, estas células disminuyen notablemente, y los primeros síntomas pueden incluir cambios en el comportamiento social y la personalidad o dificultades con el lenguaje», explica Pașca. Disponer de un modelo vivo para estudiarlas puede ser la clave definitiva para entender y, quizás, frenar enfermedades tan devastadoras. Este es un secreto revelado con un potencial inmenso.

Los límites de la ciencia y la ética

Como cualquier avance que toca tan de cerca la condición humana, el trasplante de neuronas humanas en animales es un asunto delicado. Pașca subraya que el equipo adoptó «medidas extraordinarias de supervisión ética desde el principio», con la colaboración de un comité externo de especialistas, representantes de pacientes y neurocientíficos. La prudencia ha sido máxima, no solo con el bienestar de los animales trasplantados, sino también con cualquier posible cambio de comportamiento que pudiera resultar problemático. (Un error en este punto podría ser catastrófico para la investigación).

Existen, evidentemente, límites claros. Los ratones no sobrevivirían sin estructuras como el tálamo o la médula espinal, por ejemplo. Pașca también rechaza categóricamente realizar este tipo de trasplantes en animales como los macacos. «Del ratón nos separan 70 millones de años de evolución, pero el macaco está mucho más cerca de nosotros», argumenta, destacando la importancia de mantener una distancia ética razonable. Esto evita una multa moral que la sociedad no perdonaría.

El valor de este nuevo modelo reside en hacer accesibles procesos del cerebro humano que hasta ahora eran prácticamente imposibles de observar. Piénsalo: aproximadamente una de cada cinco personas padece alguna enfermedad neuropsiquiátrica, muchas con consecuencias devastadoras. La investigación con estos ratones puede ayudar a aliviar el sufrimiento de millones de afectados por trastornos que hoy son incurables, pero que, gracias a estos descubrimientos, podrían responder a nuevos tratamientos mañana mismo. Estamos ante un ahorro colosal en salud para nuestro futuro.

Este avance no es solo un hito científico; es un mensaje de esperanza real. Después de leer esto, entiendes por qué no estamos hablando solo de un experimento de laboratorio, sino de una potencial solución definitiva. Nos acerca más que nunca a un futuro donde las enfermedades del cerebro ya no sean una sentencia sin remedio. ¿Cuántas vidas podría cambiar esto?

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