Amb Curiositat - Monterrassa
Una análisis de ADN revela la profunda conexión genética de judíos medievales de Iberia con el Oriente Próximo

Tàrrega, 1348. La Peste Negra arrasaba Europa sin piedad. Un terror que no solo mataba cuerpos, sino que alimentaba miedos ancestrales. Allí, una multitud enfurecida perpetró uno de los crímenes más oscuros de nuestra historia.

Cerca de trescientas vidas fueron borradas en un instante. Casas quemadas, documentos destruidos. Un pogromo que quedó sepultado bajo el peso de los siglos, convertido en una simple mención en crónicas olvidadas. Hasta ahora.

Porque, ¿qué pasaría si te dijéramos que este episodio oscuro ha resurgido? ¿Que la ciencia moderna ha conseguido romper el velo del tiempo? Un nuevo estudio viral acaba de cambiar todo lo que creíamos saber sobre nuestro pasado más oculto. Y nosotros estamos aquí para contártelo.

Un secreto oculto bajo Tàrrega

En el año 2007, un hallazgo arqueológico sacudió Tàrrega. Bajo la necrópolis de Les Roquetes, aparecieron seis fosas comunes. No eran sepulturas cualquiera. Guardaban 69 esqueletos con señales evidentes de una violencia brutal.

Cuerpos amontonados, sin ningún ritual funerario. Fracturas craneales que dejaban poco lugar a la duda: aquello fue una masacre. Pero, ¿quiénes eran estas personas? ¿Y por qué terminaron así?

Esta era la historia de un crimen que esperó 670 años para ser resuelto. La historia de una verdad que nos golpea todavía hoy.

La sospecha histórica apuntaba directamente al pogromo de 1348. La Peste Negra desencadenó una caza de brujas. Las comunidades judías, acusadas de envenenar pozos, sufrieron una violencia desatada en toda Europa.

Cataluña no fue una excepción. Ciudades como Barcelona, Girona, Lleida, Cervera y Tàrrega fueron escenario de estos horrores. Pero la mera arqueología, por sí sola, no podía conectar aquellos esqueletos con la tragedia.

El ADN habla después de 670 años

Aquí es donde la ciencia entra en juego. Un equipo de investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) asumió un reto titánico. Querían extraer el secreto más íntimo de los muertos: su ADN.

La paleogenómica, una disciplina casi mágica, permitió obtener datos genómicos de dieciséis individuos. Un hecho histórico, ya que es la primera vez que se tienen datos de una comunidad judía medieval de la península Ibérica. Los resultados se publicaron en la prestigiosa revista *Genes*.

La degradación del material genético es una batalla. Los fragmentos se mezclan con ADN de bacterias y hongos. Pero el laboratorio especializado de la UAB aplicó técnicas de captura dirigida. Aislaron solo los fragmentos humanos útiles.

Con ellos, reconstruyeron el perfil genético de once personas. Cuatro hombres y siete mujeres. Compararon estos perfiles con miles de genomas de todo el mundo. Desde poblaciones cananeas de hace tres mil años hasta comunidades judías actuales de Turquía o Europa del Este.

La solución al enigma estaba cerca. El modelo genético más plausible confirmó una verdad sorprendente. Estas fosas pertenecían, sin ningún tipo de duda, a las víctimas de aquel pogromo. Una historia que ahora tenía voz, después de siglos de silencio.

Un mapa genético inesperado

Pero el estudio fue más allá. Dibujó un retrato genético inédito de los judíos sefardíes catalanes del siglo XIV. Y reveló una conexión profundísima con un pasado aún más remoto.

Los resultados fueron contundentes. El modelo de ascendencia de estos individuos combinaba dos fuentes principales. Aproximadamente un 69% estaba relacionado con poblaciones de Canaán. Hablamos del actual Israel durante la Edad del Bronce.

El 31% restante correspondía a ascendencia ibérica medieval no judía. Esto sugería una realidad compleja. Los judíos de Tàrrega eran descendientes de comunidades del Levante mediterráneo. Tras siglos de diáspora, se habían mezclado moderadamente con la población local.

Los análisis genéticos situaron a estos individuos muy cerca de otras comunidades judías medievales europeas. Erfurt, en Alemania. Norwich, en Inglaterra. También se solapaban con los judíos sefardíes actuales de Turquía, descendientes directos de los expulsados en 1492 (sí, es una conexión fascinante).

Pero había una revelación aún más potente. Se alejaban claramente de la población islámica y nazarí de Al-Ándalus. Esto parece confirmar una hipótesis: compartían barrio, pero no genética, con sus vecinos musulmanes.

La diversidad que reescribe la historia

El ADN mitocondrial reveló otro dato clave. Se transmite de madres a hijos. Los investigadores identificaron diez linajes maternos diferentes entre doce individuos no emparentados. Una diversidad genética excepcional para la época.

Esto contrasta con lo que se había observado en Erfurt o Norwich. Allí predominaban pocos linajes. Señal de comunidades pequeñas y endogámicas. En Tàrrega, la variedad genética recuerda más el patrón de las grandes comunidades sefardíes. Un pueblo con una base poblacional mucho más amplia antes de la expulsión de 1492.

La sorpresa fue mayúscula: ningún vínculo familiar cercano unía a las víctimas. La matanza no afectó a un solo clan, sino a una comunidad vibrante y diversa.

Hasta ahora, la historia genética de los judíos europeos se basaba casi exclusivamente en muestras de Europa Central e Inglaterra. Cataluña, a pesar de haber albergado una de las comunidades judías más influyentes, era una página en blanco desde el punto de vista genómico. Hasta ahora, como decíamos.

Este estudio no solo llena un vacío inmenso. Es la prueba definitiva del poder de la genética. Puede aportar datos cruciales a la arqueología y las fuentes escritas. Reconstruir episodios de violencia que, de otra manera, quedarían parcialmente documentados o directamente olvidados.

Hemos desenterrado una parte oculta de nuestra identidad colectiva. Una verdad que nos conecta con un pasado lejano. Un pasado que, gracias a la ciencia, ahora es más presente que nunca. Y tú, ¿qué opinas de esta revelación? Es el momento de reflexionar.

Nou comentari

Comparteix

Icona de pantalla completa