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¿Por qué no comemos insectos? El ADN de dientes ancestrales de España tiene la clave de hace 9.000 años

Nos da rabia solo pensarlo. ¿Una gamba a la plancha? Perfecto. ¿Un plato de cigalas de mar? Delicioso. Pero, ¿qué pasa si te proponemos un plato de grillos asados o larvas crujientes? La mayoría de nosotros sentimos un rechazo casi instantáneo, una aversión que no siempre sabemos explicar. Pero, ¿es este asco puramente cultural o hay una razón más profunda?

Esta pregunta, que parece sacada de un debate de sobremesa, ha sido la protagonista de una investigación que puede cambiar para siempre nuestra visión de la dieta humana. Aquello que considerábamos una simple preferencia culinaria, podría ser un legado genético que arrastramos desde hace milenios. Una historia oculta en nuestras propias raíces.

La clave definitiva para entender esta aversión a los insectos la ha encontrado un nuevo estudio liderado por investigadores del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), un centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra. Sus conclusiones, publicadas en la prestigiosa revista Science Advances, son impactantes. Apuntan a que la explicación reside en un profundo cambio evolutivo de hace unos 9.000 años, con un secreto que guarda el ADN de dientes ancestrales encontrados, precisamente, en España.

Imagina que nuestros dientes, y el sarro que se acumula en ellos, son como una cápsula del tiempo. Un auténtico archivo biológico que puede conservar durante milenios fragmentos de ADN de los alimentos consumidos. Esto es exactamente lo que explotaron los científicos para reconstruir la historia de la entomofagia, es decir, el consumo de insectos, entre diferentes poblaciones humanas.

Analizaron un tesoro genético: 745 muestras de cálculo dental pertenecientes a humanos modernos con una antigüedad de hasta 33.000 años. Una auténtica enciclopedia de dietas prehistóricas. Los resultados de esta investigación pionera fueron claros y reveladores.

El giro inesperado: nuestro ADN nos delata

Las poblaciones del norte de Eurasia, nuestros antepasados directos, prácticamente no incorporaban insectos a su alimentación habitual. Su dieta comenzó a alejarse de este recurso. Pero la cosa no queda aquí: estos mismos grupos presentan mutaciones genéticas asociadas con una menor capacidad para digerir la quitina.

La quitina es un componente esencial, es la «piel» del exoesqueleto de los insectos. Nuestro cuerpo, con el tiempo, dejó de ser tan eficiente procesándola. Este patrón genético se ha mantenido inalterado desde hace, aproximadamente, 9.000 años. El momento justo en que la agricultura comenzó a expandirse y las estrategias de obtención de alimentos sufrieron una transformación profunda.

«La escasa presencia de insectos en la dieta de los euroasiáticos del norte sugiere que la ausencia de entomofagia no se debe únicamente a factores culturales recientes», explica Pablo Librado, investigador principal del IBE y responsable del estudio. No es solo una cuestión de gusto, sino de una larga historia ecológica y evolutiva que nos ha marcado a fuego.

La hipótesis es que, con una menor disponibilidad de insectos en las latitudes más altas, el interés por este recurso alimentario disminuyó progresivamente. Si no hay, ¿por qué mantener la capacidad de digerirlos? Nuestro cuerpo es eficiente y adaptativo, y aquí tenemos la solución a uno de los grandes enigmas alimentarios.

Nuestra aversión a los insectos no es solo cultural. Nuestro ADN ha cambiado. Hemos perdido la «capacidad» de digerirlos con facilidad, un legado de miles de años.

Los neandertales y un pasado olvidado

Pero la historia se vuelve aún más interesante cuando miramos hacia atrás. Hacia nuestros primos prehistóricos: los neandertales. Su cálculo dental contenía una proporción notablemente mayor de ADN de insectos. Los niveles eran comparables a los detectados en chimpancés occidentales que complementan su dieta con estos pequeños animales. (Sí, nosotros también alucinamos con este giro inesperado).

Entre las señales más frecuentes, aparecieron restos genéticos de dípteros, el grupo que incluye moscas y mosquitos. Un indicio claro de que no hacían ascos. Esto es compatible con el consumo de cadáveres de animales que podían contener larvas. Sus genes también sugieren una mayor capacidad para digerir los exoesqueletos de insectos.

Un patrón similar apareció en el único individuo denisovano estudiado. Parece que, en aquellos tiempos, nuestros antepasados directos y sus parientes no tenían ningún problema con esta proteína. La humanidad, en algún momento, cambió de rumbo.

Un legado genético con repercusión global

Los investigadores observaron algo más: las poblaciones humanas que viven cerca de zonas tropicales conservan variantes genéticas asociadas con una mayor producción de las enzimas CHIA y CTBS. Estos son los enzimas implicados en la degradación de la quitina. ¿Qué casualidad? Genes más activos donde hay más insectos.

«Más allá de los factores culturales o religiosos, nuestros resultados sugieren que la reducida disponibilidad de insectos en las zonas no tropicales pudo ser un factor clave en el abandono de la entomofagia», señala Librado. Esta falta de disponibilidad llevó a una menor necesidad y, por tanto, a una menor capacidad para digerir los exoesqueletos de los insectos.

Así pues, el rechazo occidental actual a comer insectos podría estar relacionado no solo con costumbres modernas. Su solución va mucho más allá. Nos remonta a miles de años de adaptación ecológica y genética. Una auténtica mutación en nuestra historia alimentaria.

Este estudio definitivo cambia la narrativa completamente. Ya no es solo una cuestión de preferencia o capricho culinario. Nuestro cuerpo, nuestra biología, se ha adaptado a no comer insectos. La evolución tomó una decisión por nosotros hace 9.000 años. (¿Quién nos lo iba a decir?).

Esto podría tener implicaciones incluso hoy en día, cuando la búsqueda de proteínas sostenibles nos empuja a plantearnos de nuevo el consumo de insectos. ¿Estamos luchando contra milenios de adaptación genética? La próxima vez que veas un insecto, piénsalo. Podría ser una ventana abierta a nuestra propia historia evolutiva. Una historia que acaba de ser revelada. ¿Borrará esta verdad nuestro asco? Quién sabe.

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